miércoles, 28 de septiembre de 2011

El caballero

Queridos lulilectores...

He tenido una mañana pesada. Una de esas infructuosas -y por ello irritantes- mañanas que se desaprovechan a regañadientes debido a temas burocráticos; concretamente, hoy tocaba renovar el pasaporte. He ido a Valencia, a una comisaría donde te daban turno sin cita previa (cosa que en el resto de comisarías no hacen, al menos, cerca de mi casa). Y la cosa ha sido como esperaba: me han dado un papelín con el número 44 y, cuando he preguntado por qué número iban, me ha dicho que por el 18. El resto os lo podréis imaginar.

Yo iba con mis padres así que, viendo cómo estaba el patio, hemos decidido ir a almorzar a una cafetería cercana para hacer tiempo. Como era temprano, el desayuno ha sido de lo más agradable: una terracita en la sombra, el ruido de los coches que llegaba de manera amortiguada y poca gente en las calles, la mayoría paseando simpáticos perretes. Ahí lo he visto por primera vez. Hablo del caballero.

Estaba a dos o tres mesas de la nuestra, sin compañía, desayunando también. Ya de entrada le he dirigido una larga mirada, bastante pensativa. Había algo en él que, desde el primer momento, me ha llamado la atención. Su porte, su aspecto, su actitud, quién sabe. Yo le veía de reojo, y él observaba una paloma entre calada y calada a un cigarrillo recién encendido. La miraba fijamente, mientras la tórtola se pavoneaba por delante de él con bastante coquetería. Seguro que era una hembra.

No había expresión alguna en su rostro, quizá solo curiosidad por el animal. Al cabo de poco, ya no la miraba con tanta obstinación, sino que la iba alternando con un periódico sobre la mesa que iba hojeando distraídamente. Poco después se levantó y se fue, tras pagar brevemente su cuenta.

Fijaos si ese hombre tenía magnetismo que, mientras le veía alejarse, me han entrado unas ganas irrefrenables de llamarle para que se quedara un poco más, pues apenas habíamos coincidido diez minutos. Claro está que no lo he hecho, no habría tenido ningún sentido. Pero mis ruegos se han visto atendidos cuando, algo después, y para mi grandísimo deleite, le he vuelto a ver en el patio de espera de la comisaría, entre veinte o treinta personas más.

Ese hombre era lo que yo llamo un caballero. Hecho y derecho. No sé cuántos años tendría, entre cuarenta y cincuenta, posiblemente. Muy alto, delgado, fibroso, con los brazos finos y la piel clara. El cabello y la barba -perfectamente recortada, por cierto- de un bonito color perlado, salpicados aquí y allá de algún mechón negro. Facciones delicadas, agradables, piernas largas. Las gafas de sol sobre la cabeza. Guapísimo en su conjunto.

De las dos horas largas que me he pasado en ese patio esperando a que llegara mi turno para renovarme el pasaporte de las narices, hora y media me la he pasado devorándole con la mirada. Era un pedazo de hombre impresionante, de los que quitan el hipo. Iba vestido con clase, sin estridencias: llevaba unos tejanos oscuros, zapatos de piel, un cinturón gris a juego con los calcetines y una camisa azul de tela brillante, sedosa, que lanzaba destellos cuando le daba la luz. En la mano llevaba una carpetita de cuero con papeles -¿oficinista? ¿escritor?-, en la otra mano llevaba el periódico y, en un bolsillo, el paquete de tabaco.

Estaba apoyado en un pilar y se ha pasado las dos horas casi enteras en la misma posición, sin perder la compostura ni una sola vez. Con la espalda y los hombros recostados en el muro, con las piernas ligeramente cruzadas, con los brazos ora delante, ora a los lados, ora detrás. Ocasionalmente, volviendo a encender otro cigarrillo.

Ese caballero os juro que me ha impresionado. Se me caía la baba solo de mirarle: irradiaba elegancia, educación, formalidad y cortesía por cada poro de su ser. Físicamente se parecía un poco a Jeremy Irons y a Arturo Pérez-Reverte, tenía cierto aire de los dos: del actor, la cara fina y la delgadez; de mi adorado Reverte, la mirada estoica y la barba. Su porte era viril, masculino, seductor. Y, a pesar de su discreción, andaba con cierta chulería y con desparpajo, como quien está muy seguro de sí mismo.

En todo el tiempo que hemos permanecido en el patio de espera, pasaba mucha gente por nuestro alrededor, porque cerca de donde nos encontrábamos había una especie de instituto de secundaria y también un polideportivo. Y la gente iba y venía sin cesar, sobre todo chicas jóvenes (enseñando cacho) y mujeres guapas. ¿Os creéis que las miraba mucho? Pues no, a diferencia de otros hombres y chicos que también estaban esperando, que se las comían con los ojos cuando sus señoras miraban para otro lado, el caballero permanecía con la vista fija en la pared, o en su periódico, o en el vacío, pero pocas veces reparaba en las muchachas que desfilaban por delante suyo como si de modelos en la pasarela se trataran. Ojo, tampoco es que se fijara mucho más en los hombres, directamente, es que no le interesaba en absoluto lo que pasara a su alrededor.

Yo, que no paraba de observarle, me preguntaba cómo era posible que el resto de mujeres que había en la sala no se fijaran en él, ni tan siquiera mi madre, que volvió más tarde porque ya había terminado de hacer sus recados. Solo al final, una chica muy joven que ha llegado la última para pedir turno, se ha atrevido a dirigirle la palabra, para quejarse de la lentitud de los funcionarios, y cómo son las cosas que, aun estando él más cerca de mí que ella, a la única a la que oía hablar era a la chica -mona, pero vulgar-, mientras que el caballero se limitaba a sonreír con gentileza y a explicarle en voz baja algunas cosas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Nervios, nervios y ¡¡¡nervios!!!

Queridos lulilectores...

Cierto es que la última vez que escribí en este mi querido blog dije que, ahora que se había terminado el verano, iba a escribir un poco más -y no lo he cumplido, como siempre-, pero no importa. Tengo una excusa o, mejor dicho, una explicación.

Y es que... he de informaros de una importante noticia que va a cambiar el curso de mi vida, al menos para una buena temporada. ¡¡¡ME VOY DE ERASMUS!!!

Sí, queridos lulilectores, como lo leéis. Mi destino es Mainz (Magúncia), Alemania, y estaré allí durante un período de seis meses: desde octubre hasta finales de marzo. La verdad es que:

a) No me lo acabo de creer
b) Me hace muchísima ilusión
c) ¡¡¡Estoy súper-dúper-híper-mega NERVIOSA!!!

Mi vuelo sale el sábado que viene, aún me quedan mil temas por solucionar, duermo mal desde hace un par de días ya solo de pensarlo y... ¡realmente es una aventura! ¿Estoy segura de lo que me espera? Diosss, no os podéis ni imaginar la sensación tan extraña que tengo en el cuerpo desde hará cosa de un par de semanas.

No os lo había dicho antes por si acaso, ya sabéis que soy un poco gafe y no quería dar la noticia de que me iba hasta que no lo supiera seguro, pero... ¿hay algo más seguro que tener un billete de ida en la maleta, haber reservado residencia y haber pagado ya parte de la matrícula?

¡Santo cielo!

¡Os iré contando!

¡¡¡Deseadme mucha suerte!!!

Besazzos,

*Luli* =)

viernes, 9 de septiembre de 2011

Cerrado por vacaciones

Queridos lulilectores...

Ha terminado agosto y, con ello, mi mes de vacaciones blogueriles, que ya sabéis que en verano no me animo demasiado a escribir. Creo haberlo contado alguna vez, y es que en verano no puedo escribir porque me pasan tantísimas cosas que no tengo tiempo para sentarme y organizar mis ideas delante de una pantalla en blanco (antes se decía “una hoja en blanco”, pero con este rollo del digitalismo hay que adaptar las frases hechas a nuestros tiempos, aunque sea una memez).

El fin del verano siempre es una etapa dura para mí. Termino mi trabajo habitual en la tienda de ropa en la que llevo varios años ya y comienzo un nuevo curso. Son períodos de transición en los que siempre tengo mucho ajetreo, y anímicamente no estoy al cien por cien porque me acabo quedando con las ganas de unas buenas vacaciones (aunque solo sea una semana, lo que pasa es que nunca se da el caso). Ahora mismo estoy estresadísima con papeleos universitarios varios: asignaturas, matrículas, formularios, plazos de entrega y un largo etcétera. Hoy mismo he terminado mi vida laboral: me han pagado el finiquito, las comisiones, las horas extra... vamos, he estado muy activa en los últimos días.

Dejo atrás un verano agradable. Al principio pensé que se me iba a hacer largo y pesado, pero no, para nada: ha sido igual de corto que todos los demás. Nunca hablo de la magia del verano cuando blogueo, quizá porque yo soy más de invierno y de frío y de soledad (tres conceptos que relaciono a menudo). El verano es todo lo contrario: calor, gente, colores. Digo muchas veces que todos mis veranos son iguales, pero no lo son en absoluto: aunque haga lo mismo una y otra vez, siempre hay pequeñas diferencias que hacen cada verano único y especial.

Éste, concretamente, ha sido un verano de labios rojos, de faldas con vuelo, de miradas cómplices, de palabras nunca antes pronunciadas. He aprendido a ver televisión local en detrimento de la televisión generalista (el TDT tiene alguna que otra utilidad). Se ha convertido en un verano fantástico, maravilloso, sorprendente, repleto de pequeñas delicias cotidianas ocultas en rincones, esperando a ser descubiertas. Intenciones escondidas, suspiros contenidos, sonrisas fáciles y -mejor- duraderas. Ha habido caras nuevas, también otras que no lo eran tanto. Un verano emocionante, con puntos de misterio, situaciones peliagudas y un toque de cine negro: dos robos, uno pulcro, impecable, de guante blanco; el otro ruidoso, chapucero, amateur. Nosotras en medio de ambos, nerviosas, emocionadas, pensativas. Luces azules, preguntas, lágrimas, un toque de malicia, varios de rebeldía. Y risas.

Te he amado, verano 2011. O, bueno, quizá no, pero he sabido apreciarte -o lo he intentado-, aunque, claro, hubiera podido hacerlo mejor. Me ha servido para darme cuenta de errores del pasado que, ahora que sé cómo solucionarlos, me pesan por no haberlos podido enmendar a tiempo. Hubiese sido tan fácil... pero no importa, me quedo con lo bueno, por una vez, con lo sincero -o con lo aparentemente sincero-. Pongo buena fe de mi parte. Eso es positivo.

Ahora dejemos que llegue el otoño. Empezaremos esta cuesta junto con los últimos vestigios de estío, con su aroma peculiar, con su dulce regusto aún en el paladar. Los últimos rayos de sol sobre la piel. Algunas semanas más de bronceado. Buenos recuerdos, mezclados con amargas nostalgias. Muchas dudas. Cierta complacencia. Añoranza.

Por muchos veranos más. Por que todos sean igual de especiales.

Este blog vuelve a funcionar. Como dije en el título, estaba cerrado por vacaciones. Pero las vacaciones han terminado. Bienvenidos de nuevo.

Besazzos,

*Luli*

martes, 26 de julio de 2011

Señoras ESTÚPIDAS

Queridos lulilectores...

Anoche me las tuve que ver con unas cuantas señoras estúpidas. ESTÚPIDAS, en mayúsculas.

En la tienda en la que trabajo se supone que cerramos a las diez y media de la noche. Eso no significa que nosotras, las dependientas, acabemos a las diez y media, ni mucho menos, porque después siempre toca arquear la caja, ordenar la tienda, apagar las luces, cerrar. Vamos, media hora de trabajo extra jamás remunerado ni considerado, asumido por los jefes como algo natural, un gaje del oficio. Y si llegas a las once a tu casa a cenar, pues bueno, tampoco es para tanto, ¡más os quejaríais si estuvierais en el fresón!

En fin. Es algo que, después de cuatro años trabajando en la misma empresa, tengo más que asumido, por lo que lo veo tonto el renegar. Todos pringamos en el trabajo, unos más, otros menos, los hay que se escaquean. Y media hora (aunque sea cada día media hora), no es un asunto de Estado, sabiendo que 1) Hoy en día, quien tiene trabajo en esta crisis, es afortunado 2) Hay gente que le puede llegar a echar 14 horas por jornada, cobrando una miseria así que, para qué hablar.

De lo que yo me quejo es de las señoras ESTÚPIDAS que hacen que esa media hora habitual se convierta en una hora entera, que ya no hace tanta gracia. Porque se meten en la tienda cuando ven que estamos apagando las luces, a traición. Cuando las vemos entrar, nos miramos de reojo y miramos el reloj, las diez y veintiocho. Ellas sonríen, carpantas, y con una sola ojeada les adivinas la intención: vienen dispuestas a probarse toda la tienda, tienen ansia de ropa, un hambre voraz. Mucha mala leche.

Pero son muy listas. Te sonríen amablemente y sueltan con voz azucarada:

-¿Podemos pasar cinco minutos, no?

Nos miramos, alarmadas.

-Estamos cerrando ya...

-Será solo un momento, ya veréis. ¡Si venimos a comprar!

No esperan la respuesta. Se dan la vuelta, nos enseñan las espaldas y se meten directas a las zonas de ropa que, tras veinte minutos de esfuerzo, hemos conseguido adecentar y pulir, para adelantar trabajo. Rezongamos por lo bajini, pues no podemos echar a las clientas de la tienda con malos modos, sobre todo si, estrictamente hablando, se encuentran en la tienda durante los horarios de apertura al público. No es que al jefe le importe demasiado, pero es preferible quedar bien, por si las moscas, sobre todo si él está presente.

Y las señoras empiezan a sacar pantalones, camisetas, zapatos, cinturones. Mi compañera y yo no tenemos otra que resoplar y tratar de arreglar los desaguisados que causan en las estanterías. Así, poco a poco, va pasando el tiempo.

Llega el jefe, nos mira con aires de cansado y nos suelta: ¿qué hacen estas aquí todavía? Empezad con el arqueo. Pero cómo, señor jefe, si sus amigas las señoras clientas aún están en el probador. Pues lo ponéis como si fuera una venta para mañana. Y acabad de apagar las luces, anda.

Nosotras, bastante resignadas, le damos al santo interruptor que hace que el establecimiento se quede sumido en una fantasmagórica penumbra -a la que, debido a la frecuencia con la que lo concurrimos, nos hemos terminado por acostumbrar-. Que no es el caso de las señoras, porque aún se encuentran en el probador y rezongan, mosqueadas: ¡que nos habéis dejado a oscuras, oye! Órdenes del jefe, señora.

Y mientras terminan de cambiarse (si ya con luz tardan eones, sin atinar imaginaos), nosotras empezamos la ardua tarea de empezar a contar lo que se conoce como centimicos y monedicas, que siempre hay muchas, y a hacer los cálculos diarios para arquear la caja. Cuando vamos más o menos por la mitad, salen las tres señoras de los probadores cargadas de kilos y kilos de ropa estrujada y pisoteada, la dejan a montones sobre el mostrador, y se ponen en la cola con cara de pocos amigos.

-¡Ay, os hemos interrumpido mientras contáis, cuánto lo sentimos, niñas! Venga, cobradnos esto en un instante, que nos vamos y os dejamos ya tranquilas.

Son las 23:03 de la noche. Con un contenido resoplido abortamos la operación y volvemos a abrir el programa de la caja registradora. Le cobramos a cada una ocho pantalones, tres pares de zapatos, bolsos y artículos varios. Empiezan a marear con bolsas, cajas de cartón, una que se lo piensa y dice que espera un momento, que las sandalias mejor negras en vez de blancas.

Nosotras, al borde del paro cardíaco provocado por nerviosismo continuado, y con unas cada vez más irreprimibles ansias asesinas, las despachamos, al fin, entre bruscos adioses, mientras ellas se alejan envueltas en un molesto cacareo -del cual aún somos capaces de captar algunas referencias hacia nuestros queridos parientes-. Por fin, cerramos la puerta. Ya no puede entrar nadie más.

Llega el jefe y reniega, ¿aún estáis así? Sois unas lentas, de verdad. Y ya, por no enfadarnos más aún, sonreímos, para qué hacer un drama de esto, pensamos al unísono. Contamos el dinero, arqueamos la caja, ordenamos las toneladas de ropa que quedaban.

Cené a las doce menos cuarto. Pero más vale tarde que nunca.

Hago desde aquí un llamamiento a las mujeres que sean clientas: por favor, respeten los horarios, porque tocar las narices no es divertido. Bueno... solo a veces. ;)

Besazzos,

*Luli*

sábado, 16 de julio de 2011

Verano y dignidad humana

Queridos lulilectores...

No puedo menos que constatar que, en verano, las personas perdemos la dignidad humana más que en cualquier otra estación del año. Mi trabajo diario en una tienda de ropa me permite estar en continuo contacto con infinidad de individuos e individuas que se pasean, tan ufanos, por delante de mis mismísimos luciendo cada modelito que, a más de uno, les quitaría el hipo de golpe -del susto, digo-. Bueno, en realidad a cualquiera con dos ojos en la cara (o más, para qué discriminar), y con un mínimo de neuronas activas en el cerebro.

Esto me produce una sensación ambigua: triste, a la par que divertida. Pero no una diversión sana, limpia, sino más bien grotesca y con toques bizarros, como cuando ves a alguien caerse de manera tonta y, aunque sabes que está mal, lo primero que te nace de dentro es una sonora carcajada, tan humana, tan cruel, de ésas que demuestran que te alegras del mal ajeno, que se jodan un rato los demás.

Porque el panorama se las trae: señoras cuarentonas más pintadas que un payaso de mimo, con un top verde flúor y cuñas leopardo que vienen a pedirme leggings amarillo chillón (¿¡habráse visto!?); niñas, poco más de quince o dieciséis, con el sujetador al aire, el tanga asomando tan alto que falta poco para llegar a la cintura y pechos de silicona que parecen dos globos rellenos de agua; más mujeres apretando mollas y michelines con fajas y batas de flores; madres primerizas que pasean sudorosas el carro del bebé -muchas veces con un nefasto pirri cual terrier en lo alto de la frente, el pobre-, embutidas en un mono blanco transparente que exhibe bragas fucsia por debajo; marujas mayores ya, de las que no riegan bien y, encima con el calor, pues ya me dirás, que combinan sin pudor faldas de topos marrones con camisetas de rayas marineras; padres chabacanos que acompañan a sus legítimas a por una minifalda putera, todos ciclaos, con camiseta de tirantes blanca, tatuajes por todo el brazo y un pedrusco de no sé cuántos quilates colgando de la oreja, mientras mascan chicle y dicen: "la apretá mejor, churri, que te marca bien ese culazo que tú tienes". 

Yo, en esos momentos -tan frecuentes, por desgracia-, siento una punzada de desolación que no me explico ni yo misma. Con lo joven que soy, me digo, y tan anticuada para las nuevas ¿modas?, pues un poco raro sí que es. Pero, francamente, cuesta mucho recuperarse de la visión de una mujer de ochenta kilos y en bikini, intentando entrar en una treinta y ocho (¡sí chica, que luego da de sí, ya verás!), y pidiéndome que le ayude a recoger el botón del suelo cuando, por fin, lo acaba reventando (el exhausto pantalón también tiene derecho a respirar, imagino). No me lo explico. Tampoco pido que vayamos todos de punta en blanco a 38ºC, entendedme, pero es que aquí o nos pasamos o no llegamos.

Decidí que este mal gusto que nos rodea (¿que me rodea? Lo dudo) era un hecho tangible y comprobable el jueves pasado, al pasearme con mi madre por el mercadillo de mi pueblo en busca de una bata para mi abuela. Yo misma iba normal, sin mucho paripé, con pantalón corto, camiseta y sandalias (indumentaria que, aunque carece de mucho glamour, estilo, elegancia y demás chorradas que tanto les sobran a las famosillas de los rankings, al menos se adecuaba a las condiciones climáticas del momento). Pero es que, por mucho que lo intentaba, apenas pude rescatar cuatro o cinco atuendos pasables en toda una mañana rodeada de gente. La horterez, lo zarrapastroso y la definitiva falta de buen gusto me atropellaban por doquier, ofreciéndome visiones de auténtica pesadilla que me podrían durar semanas, si me obsesionara. No se salvaba nadie: ni jóvenes, ni niños, ni mayores. Cero patatero. Vestidos vulgares, estampados histriónicos, formas desproporcionadas, gafas de sol repletas de enormes logos, pijas y pijos de pueblo,  muchas arrugas mal planchadas, los oros puestos y, por supuesto, demasiada piel al aire que, sudada para más inri, hubieran hecho las delicias de cualquier explorador excéntrico entregado a la fauna más salvaje. Un espectáculo circense con regusto amargo.

Lo peor del asunto, continuaba cavilando yo, es que estas personas que salen a la calle con semejantes pintas no lo hacen de manera inconsciente, sino que se pasan un rato delante del espejo arreglándose y acicalándose. Que me imagino perfectamente a la choni de turno, metiéndose en sus medias de lycra con brillitos, calzándose unos tacones de charol y recogiéndose la melena en un moño encrespado, saliendo del portal de su edificio sintiéndose como una top model, y remirándose en los cristales de los coches para regodearse en su vanidad, pensando "qué mona me he puesto hoy". Pues sí, hija, mona te has puesto, pero en el sentido más literal de la palabra.

En fin, que entre tanto personaje soez que circulaba aquel jueves por el lugar, admiré a mi madre porque, al menos ella, sí que había sido capaz de mantener la dignidad. Sus formas, demasiado redondas, por otro lado, no le impidieron vestir bien (cosa en la que mi padre, apoyándose en la bandera del conservadurismo, o del recuerdo -quién sabe-, siempre ha insistido bastante: debemos ir bien vestidos, ya sea un domingo, el día de tu boda o para ir al colegio). Iba muy señora: con unos pantalones largos de tela fina y una sencilla blusa blanca, de tejidos suaves. Y no lo digo porque sea mi madre, que también, sino que, objetivamente, creo que representaba un bastión de la decencia en medio de todo ese espectáculo de ciencia ficción al que nos enfrentábamos. Incluso yo me sentía del montón, y me iba deprimiendo más y más a cada paso que daba, con cada nueva persona que se me cruzaba me entraban renovados espasmos.

En fin, queridos lulilectores, después de esta pesada crónica desesperanzada que acabo de narrar, solo me queda por daros algunos consejos, si aún os quedan ganas de leer. Sé que mis palabras pueden sonar duras e, incluso, vejatorias, pero, por favor, no os convirtáis en zarrios andantes cuando salgáis de casa en verano: intentad elegir la ropa que mejor os favorezca según vuestra fisonomía, ya no para ser los más fasion del barrio, sino, al menos, para mantener la dignidad y no ir hiriendo la sensibilidad de los demás. No soy ninguna experta en moda, ni yo misma me caracterizo por un estilo limpio y depurado pero, al menos, soy capaz de admitir que hay ciertos tipos de prendas que, con el tipo que yo tengo, pues no me quedan bien, por lo que intento no abusar de ellas.

No es por moda, recordad. Es por dignidad. Aunque ya sabemos todos que, en este país, cada cual hace lo que le da la gana. Y sobre gustos, por desgracia, no hay nada escrito.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 3 de julio de 2011

Una ligera preocupación

Queridos lulilectores...

El otro día, mientras trabajaba, tuve una breve conversación con una amiga mía llamada Sujeto B, que vino a saludar, hola qué tal. Dicha amiga (que, por cierto, es la misma que quería ser actriz, tal y como estuve comentando aquí hace un par de meses) me dijo entre risas despectivas que jamás, jamás, pero jamás, podría volver a dirigirle la palabra a nadie que afirmara que su libro favorito es El Quijote porque, si a alguien le puede gustar El Quijote, ese alguien es friki.

Me preocupa ligeramente (nótese la ironía) que esta chica esté acabando la carrera universitaria de Magisterio Infantil, y que nunca haya leído nada más serio que contados libros del Barco de Vapor -excelente colección, por cierto, yo también leí muchos en mi infancia-. ¿No creéis, queridos lulilectores, que es bastante triste?

En fin, dejo abierto el debate. Para qué poner a parir a mi pobre amiga Sujeto B, que bastante tiene ya con lo suyo.

Besazzos,

*Luli*

viernes, 17 de junio de 2011

Ligera cual aire

Queridos lulilectores...

Vengo hoy a saludar y a dar algunas explicaciones (siempre vanas y con un acusado tono culpable) de mis reiteradas ausencias en los últimos días. Pues bien, he estado de exámenes, ahora estoy trasladándome de la city nuevamente al pueblo y, además, me siento desinflada, como melancólica.

Por eso hoy necesitaba contároslo. Mi crisis identitaria (la que siempre me acompaña, de la que os hablé en la última entrada), va en aumento, tristemente. No, miento, es que ni siquiera va en aumento, pero la cosa está en que no desaparece, siempre viaja en mi maleta, vaya yo a donde vaya (llámalo maleta, pero sirve también una mochila, un bolso, un bolsillo o cualquier recoveco cerebral).

Hoy me ha entrado el bajón al ver los blogs de mis compañeros de clase: nada que ver con este. Son blogs estremecedores, jodidamente cultos e interesantes, repletos de citas interesantes y referencias constantes a libros, películas, música, arte, fotografía... Son blogs con lectores y comentarios. Son blogs vivos y presentes.

Ojo, que con esto no me estoy quejando de mi blog: amo mi blog, al fin y al cabo es donde yo escribo. A lo que me refiero es que me he dado cuenta (ya lo venía sospechando) de que mis compañeros de clase (algunos) son gente apasionante, y que tienen vidas apasionantes, por mucho que ellos se empeñen en afirmar que son una mierda. Mentira.

Además, en verano hacen cosas guays: una se va a trabajar a Londres dos meses, otra a Canadá, otra a Nueva York a un curso de verano, otra al periódico, unos a la radio, otros a la televisión... pf. Y yo a la tienda de ropa de cada verano. Pringada al cuadrado.

Me he dicho: Luli, ¿pero cómo eres tan simple? Me siento simple, superflua, innecesaria y vacía. Anclada en los mismos libros, en la misma música y en la misma vida que llevaba hace unos años. Soy boba. Me siento boba. Y detesto esa simpleza que me rodea, que rodea todo lo que tenga que ver conmigo. Siento que no aprovecho mi vida debidamente, y eso me está matando, muy lentamente, por dentro. Es una gran p***da.

Perdonad hoy mi humor. No sé qué me pasa últimamente.

Besazzos,

*Luli*