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sábado, 8 de septiembre de 2012

Adiós, Lulimundo

Queridos lulilectores...

Termina el verano, con él mis vacaciones blogueras. Bueno, y el blog en sí. Ya lo comenté, esto no se sostiene. Y la verdad es que me sabe mal porque ha sido bonito. Parte de mi juventud. Mi primer medio de expresión, mi primer grito al vacío. Algo íntimo y dulce, muy mimado y cuidado por mí, o por mi yo adolescente. Es amargo tener que decir adiós. Pero debo pasar página.

Al final no me cogieron para ese trabajo. Aun así, no estoy triste, creo que soy joven y que pueden presentarse más oportunidades. Ahora estoy en un medio de comunicación haciendo prácticas. No está mal, la verdad, y aprendo bastante, que es lo que importa. Estoy a punto de terminar mi primera carrera universitaria y, con ella, otra etapa más de mi vida.

Yo he cambiado. Ahora soy bastante más hosca, tengo unos pensamientos más graves que hace unos años, y sonrío menos. Es una pena. He empezado a colaborar en otro blog bajo un pseudónimo diferente. Mis entradas de ahora son más agresivas, tanto que puede haber gente a quien le pareceré algo borde. No me importa. Siguiendo mi línea de anonimato habitual, diré que en la otra bitácora soy Sujeto P. De nuevo, no soy yo estrictamente hablando, sino un personaje que habla por mí en la red. Es una chica joven sin pelos en la lengua que tiene las cosas quizá un poco más claras que Luli, pero que por algún extraño motivo sigue perdida en la vida. No es tan meditativa como Luli, es más directa y visceral. Sin muchos circunloquios, va al grano y no deja rama verde. Si hace falta insultar, se insulta. Si hace falta lanzar un juramento, se jura. Porque ya está bien de morderse la lengua, hombre.

La ventaja del otro blog es que no lo modero yo, sino otra persona para la cual colaboro. Está bien, porque así no me tengo que preocupar de que esté desactualizado pero, por otro lado, tampoco puedo subir entradas cada vez que me dé la gana, ya que somos varios los que participamos. Aunque puedo escribir tantas como quiera. Y decir lo que me parezca también.

Así que, queridos lulilectores, la vida pasa también por Luli, igual que para el resto de todos vosotros. No sé si me perderéis la vista, recordad que los alemanes dicen "Man trifft sich immer zwei Mal im Leben", así que quizá algún día volvamos a coincidir, en otro blog, en otra web, por la calle misma. Quizá nos crucemos un día por el metro y no sepamos quiénes somos. Son los avatares del destino, de mi querido destino, del siempre presente Señor D.

Ha sido un placer, lulilectores, haber podido compartir mi mundo con vosotros durante estos años. Me habéis ayudado a no sentirme sola, a saber que mis palabras no siempre se perdían en el vacío de la existencia. No quisiera irme sin dejaros antes con un consejo musical para hoy: Maybe, de Janis Joplin. No hay nada más hermoso en esta Tierra que los primeros 45 segundos de esa canción. Ese primer "maybe" es lo más perfecto que ha podido crear un ser humano desde el Quijote o las Meninas de Velázquez. Vale, exagero, pero era una manera elegante de decir que este tema es jodidamente brillante y que siempre consigue ponerme la piel de gallina. Además, tiene el toque melancólico que tanto le pega a esta última entrada del blog de Luli Manuli.

El otro día vi por la calle a uno de los chicos que más me han marcado en los pocos años que llevo vividos. Le vi de lejos, y él a mí, pero ninguno dijo nada, ni hizo un gesto amable ni una señal ni nada de nada. Rien de rien. Fue mi primer amor, pero de esto hace mucho tiempo. Aquella no-reacción mutua me hizo comprender que todo ha terminado, que las historias acaban y que la vida sigue. Hay que adaptarse a ello, asumirlo y no dejarse amilanar por las circunstancias, sino afrontar el temporal con dignidad. Recordad que sin dolor no hay avance. ¿Y cuál es el sentido de la vida sino avanzar poco a poco en el pasar del tiempo? Os lo cuento como pequeña divagación, a modo de última confidencia blogueril.

Esta tarde he hecho otra de las listas que suelen rodearme tan a menudo para enumerar las cosas que tengo pendientes ahora que termino la universidad. Una de ellas era "cerrar el blog", y entonces me parecía muy fácil, porque hace mucho tiempo que no lo uso. Pero ahora, aquí sentada una vez más frente a la pantalla del ordenador, y escribiendo quizá por última vez como Luli, se me encoge el corazón y solo la presencia de mis padres en el salón impide que me eche a llorar. Siento que este blog ha sido como una primera novela sin publicar, como el primer borrador de una historia que todavía está por escribir, pero que ha costado mucho de confeccionar.

Te he querido, blog. He sido feliz escribiendo aquí para todos vosotros. Gracias a todos aquellos que me comentabais cuando era más joven y más sensible, que es cuando realmente lo necesitaba. Gracias a todos aquellos que lo habéis seguido haciendo, o que solo lo hicisteis una vez, o que no me comentasteis nunca pero que me habéis leído. Gracias simplemente a todo aquel que haya pasado alguna vez por aquí y haya conseguido sonreír gracias a mí. Me ha hecho sentirme acompañada, y la soledad es lo que más me pesa.

Os dejo, lulilectores. Tal vez para siempre. Maybe, como dice Janis.
Os quiero. Muchas gracias por todo. Estoy realmente triste, porque nunca creí que este día pudiera llegar de verdad. Pero así son las cosas.

Os deseo la mayor felicidad y ventura del mundo. Me despido con el lulibesazzo más grande y tierno que jamás pude regalaros. Esto es un adiós. Hasta aquí hemos llegado. Tengo casi 23 años. Adiós.

Adiós.

Atentamente:

Luli Manuli. :)



jueves, 28 de junio de 2012

¿Será posible el milagro?

Queridos lulilectores...

Acabo de enviar un correo electrónico a una Fundación para solicitar un puesto de trabajo. Es un puesto de trabajo imposible de conseguir (o muy muy improbable), pero bueno, el no ya lo tengo, ¿verdad? Quién sabe si me dirán que sí. Siendo realista, lo veo muy complicado (pero que muy complicado), aun así, me dispongo a rezar. ¿Y si el milagro fuera posible?

Si me dieran el trabajo, creo que me volvería loca. Si no... ya lo estoy un poco.
Queridos lulilectores: solicitar este trabajo es lo más disparatado que he tenido ocasión de hacer en mucho tiempo. Ahora la suerte está echada. Quieran los entes superiores escuchar mis oraciones.

Alea jacta est.

Besazzos, y rezad conmigo.

*Luli*

martes, 26 de junio de 2012

Sobre chicos y tontas

Queridos lulilectores...

Bien. Después de emotivos discursos recientemente formulados, me propongo a pasar al grueso del asunto. Soy Luli Manuli, tengo 22 años y ahora mismo estoy en la biblioteca municipal. Levanto la mirada y veo aparecer a una rubia oxigenada con la cara rebozada en cola-cao y un minivestido de volantes rojos (indumentaria veraniega donde las haya, sin duda). Esa muchacha estudia periodismo. Bueno, lo de estudiar es un eufemismo. Y lo de periodismo, creo que también.

Para ser la última semana de junio, hay mucha más gente de la que me pensaba. Pero dejad que pasen unas cuantas semanas y el calor pegue fuerte -fuerte de verdad, nada de milongas de 32ºC como hasta ahora-, y aquí ya no quedará ni cristo. Mi mirada, gentilmente liberada por mi cerebro del yugo de la tonta del vestido rojo, se sitúa un poco más allá. En el chico de la mirada profunda.

Hace mucho tiempo que no le veo. Por lo menos un mes y, para alguien que viene de forma regular a la biblioteca para trabajar un poco -o para bloguear-, un mes es bastante tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta que antes de eso coincidíamos cada día. Quizá dejara de venir cuando esto se llenó de gente que se preparaba para los exámenes de selectividad: era época fuerte de exámenes y la biblio estaba saturada.

No sé cómo se llama, ni siquiera me sonaba de vista antes de verle en la biblioteca por primera vez. Al principio creí que estaba estudiando una carrera dura (ingeniería, medicina, derecho... en fin), porque el muchacho se pasaba diariamente sus 8 horas rigurosas en estos lares. Después mi amiga Sujeto R me comentó que él y unos cuantos más se están sacando lo de policía, que se ve que es bastante difícil. No lo negaré: al escuchar esto se me cayó el mito de forma considerable.

Es un chico normal, algo más alto que yo y mayor, de piel y cabello oscuros, con el gesto taciturno y una mirada penetrante. Un cuello y unos brazos poderosos, viriles. Tiene cierto aire moruno. No me parece guapo, estrictamente hablando, y tampoco me gusta en el sentido romántico, pero algo en él me atraía -me atrae, recordemos que lo tengo sentado unas mesas más adelante- de una manera considerable. Es como un imán para mis ojos: siempre que levanto la cabeza de mi trabajo le observo con detenimiento.

Él me ignora, nos ignora a todos. Está concentrado en sus tareas y no se levanta más que un par de veces para fumar un cigarrillo -los lía antes de salir- y tomarse un respiro. Después, sigue con lo suyo. Lo que me rompió la magia (por llamarlo de alguna forma) fue el saber que no estudiaba en la universidad. No me entendáis mal: no tengo nada en contra de la gente que no estudia en la universidad, pero valoro mucho a la gente que sí lo hace. Es el poder del intelectualismo; para mí tiene una gran influencia, porque me inspira mucho respeto el saber que alguien está ocupado con fórmulas imposibles, con células extrañas o con autores imposibles. Me gustan los intelectuales. Y aún vinculo -supongo que soy una idealista- la universidad al saber y al conocimiento.

Aun así, dejando de lado este pequeño detalle, la verdad es que sigo contemplándolo pensativa cuando se me presenta la ocasión. No sabría decir por qué. Quizá no sea un intelectual -quizá sí, quién sabe, el hecho de que no estudie en la universidad tampoco significa que uno no pueda ser un intelectual-, pero sin duda es un chico constante y trabajador. Todo en él me parece seductor: gestos masculinos como rascarse la barbilla pensativo, desperezarse brevemente, sonreír con picardía. Su silencio, su aparente despreocupación por lo que le rodea. La manera en que se coloca el lápiz detrás de la oreja. Todo le da un aire muy interesante.

Y, sinceramente, creo que es mucho mejor poder posar la vista sobre un chico callado y tranquilo que sobre una rubia imbécila que no calla ni debajo del agua y que solo se dedica a pasearse con tacones y a enseñar cacho cada vez que le da por asomar la cabeza por aquí. Cada uno se entretiene como quiere.


Besazzos,

*Luli*

Mi pre-adiós. Dejémoslo en "pre"

Queridos lulilectores...

O, mejor dicho, querido lulimundo.

Hace mucho tiempo que no paso por aquí a oxigenar mi Escorzzo. En realidad, hace unos meses se me ocurrió la idea de que mi etapa bloguera había llegado a su fin; un fin que, quizá, no quise aceptar con antelación. Pensé en abrir otro blog distinto, con otro nombre y con otra cuenta, para escribir cosas diferentes, pero después me dije: para qué.

No lo haré, al menos de momento. No, porque las cosas que ahora ocupan mis quehaceres son de duración limitada, y no tiene sentido abrir un blog solo por cuestión de unos meses, para después dejarlo pululando en el ciberespacio por el resto de la eternidad. Así que me dispongo a escribir aquí lo que me pase -más o menos como he hecho siempre-, para finalizar mi etapa de Luli Manuli de una manera definitiva.

Creo que Luli ha muerto en mí. Luli nació con 17 años, y ha pasado bastante tiempo desde entonces. Ha sido un ciclo, un ciclo bonito en el que he aprendido muchas cosas, pero un ciclo que cerraré en breve. Me despediré de Luli para siempre. Empecé con esto cuando estaba en el instituto; ahora estoy a punto de terminar la universidad. Aquí contaré mis últimas andanzas de la uni y mis primeros coqueteos con el mundo laboral (que empiezo el mes próximo), pero después daré por cerrado este blog, como todos los de Luli, y dejaré de haceros partícipes de mis hazañas y peripecias de adolescente. Ya no soy una adolescente.

Y me sabe mal. Me duele, pero creo es mejor eso que no ir escribiendo de uvas a peras (como últimamente), para contar cuatro chorradas y decir que no tengo tiempo, que ando muy liada y que algún día continuaré.

Creo que sí que continuaré, pero cuando lo haga ya no será como Luli, sino con otro nickname y en otro lugar. Y por otras razones. Tampoco afirmo que no vuelva a beber de este agua (siguiendo el célebre refrán), porque, quién sabe, igual dentro de unos años, meses o incluso semanas me entre la añoranza y reaparezca yo por aquí a decir hola qué tal, pero vamos, no es mi intención a corto plazo.

Dicho esto, y como presagio de lo que vendrá, despido esta entrada de reflexión para escribir otra, que es la que verdaderamente me interesa. Trataré de hacer mis últimos momentos lo más agradables posibles. Al fin y al cabo, me debo a Luli Manuli, a sus lulilectores y a su lulimundo.

Y antes de irme aún me quedan algunas cosas que decir.

Besazzos,

*Luli*

=)

miércoles, 8 de febrero de 2012

Nieve que se disuelve

Queridos lulilectores...

Ayer por la tarde me puse muy contenta, no porque hubiese tenido un día excepcionalmente bueno, o porque algún chico guapo me mirara picarón, o porque una enorme y elegante bandada de pájaros pasara por delante de mi ventana a escasos metros, no. Cuando empezaba a anochecer, el cielo se encapotó y unas nubes grises y densas empezaron a dejar caer finos copos de nieve que se arrebolaban entre ráfagas de viento. Un tiempo feo, pero delicioso si se tiene en cuenta que llevo todo el invierno esperando el fenómeno ilusionada (e infructuosamente, como a mi pesar debo constatar).

Regresé a casa después de las clases y me deleité pisando la inmaculada nieve esponjosa que el breve temporal había dejado a su paso. Huella aquí, huella allá. Cras-cras-cras, haciendo ese ruidito cercano al crepitar cuando las botas se te hunden mientras paseas por encima de ella. Fui feliz, sonreí. Que dure, pensé.

Sin embargo, esta mañana me he levantado y, aunque la nieve seguía en su sitio, obediente y quietecita, un belicoso sol desplegaba sus rayos de luz por todo el cielo azul, como quien estira los brazos recién saltado de la cama y se prepara para la llegada de un nuevo día. Lo he mirado ceñuda, pero me he dicho: démosle una oportunidad, quizá dentro de poco las nubes se lo vuelvan a comer. Lamentablemente, no ha caído esa breva: empecinado e inflexible como un mulo tozudo al que tratas de amarrar, ha aguantado inquebrantable toda la jornada, bañándonos de calidez -dentro de lo que cabe cuando las temperaturas son negativas- a nosotros y a la nieve, que poco ha poco ha ido diluyéndose en lenta agonía.

De modo que hoy, al regresar a casa después de las sesiones lectivas, he mirado los restos de blanco que quedaban por las calles y caminos con sentimiento de nostalgia, y lo último que he pensado mientras me limpiaba el barro de los zapatos en la alfombrilla de la entrada ha sido: qué raro que en ocasiones un día de sol nos ponga más tristes que la peor de las tormentas.

Besazzos,

*Luli*

jueves, 26 de enero de 2012

Retomemos el camino

Queridos lulilectores...

Y sí, lo sé, llevo meses desaparecida y sin dar señal de vida alguna, pero no importa, algún día seguiré escribiendo porque, aunque tarde tiempo en regresar, o parezca que no tengo nada más que decir, siempre continuaré, escribir forma parte de mi salud mental y es un ejercicio que practico con frecuencia. Y puede que algún día sea escritora. Y si no lo soy, de ilusiones también se vive. Un rato, al menos.

Por cierto, feliz 2012 ;)

Besazzos,

*Luli*

sábado, 12 de noviembre de 2011

Historias de desamor

Queridos lulilectores...

La historia de hoy es tan corta como triste como molesta. Y sencilla.

Trata de cuando alguien que te gustaba mucho, quizá demasiado, pero con quien no te has atrevido a dar el paso, demuestra sentimientos por una amiga tuya, y a ambos los tienes que ver cada día, y tienes que soportar sus miradas y sus sonrisas y sus silencios felices con estoica actitud y alguna que otra mueca porque, mientras fuerzas un intento de sonrisa indiferente para demostrar que no te importa, en realidad te revuelves por dentro y te esfuerzas por no llorar. Y lo injusto que es. Y lo mal que te sientes. Y saber que la cosa se va a alargar...

Oh, desamor.

Besazzos,
*Luli*

miércoles, 19 de octubre de 2011

Saludos desde Maguncia

Queridos lulilectores...

Desde el día uno de octubre me encuentro en Maguncia, Alemania, como estudiante de Erasmus. Tengo pensado contaros muchas cosas, solo que de momento me es imposible porque apenas tengo tiempo para nada, aunque hay mucho que ver y mucho que decir. Estas últimas semanas he estado conociendo a gente, y ya tengo algunas primeras impresiones de chicos y chicas jóvenes de todos los países que espero no tardar en presentaros. Estos mismos días estoy ocupada con el tema de la matrícula de las asignaturas, o sea que ando bastante liada, pero no importa, en cuanto tenga un hueco libre, os prometo actualizar y contaros mis primeras aventuras por tierras germanas, algunas bastante emocionantes.

A todo esto he de decir que estoy encantada de poder escribir al fin algo en castellano, porque últimamente no paro de usar el alemán para todo (lógico, por otro lado), pero es molesto porque no puedo expresarme con la misma facilidad que en español -obvio- y necesitaba desahogarme un poco en mi lengua materna, la del gran Cervantes, de la cual nunca he estado tan orgullosa como ahora. No sé si habláis alemán o si lo habéis estudiado alguna vez, pero es endiabladamente complicado, y más si lo aprendes por primera vez, como es mi caso.

En fin, básicamente venía a saludar, porque no quería que pasara otro mes sin dar señales de vida, pero aun así prometo que intentaré pasarme otro no tan lejano día para comentaros mis vivencias más recientes y mis nuevas impresiones.

Un besazzo muy fuerte a todos, desde el norte.

*Luli*

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El caballero

Queridos lulilectores...

He tenido una mañana pesada. Una de esas infructuosas -y por ello irritantes- mañanas que se desaprovechan a regañadientes debido a temas burocráticos; concretamente, hoy tocaba renovar el pasaporte. He ido a Valencia, a una comisaría donde te daban turno sin cita previa (cosa que en el resto de comisarías no hacen, al menos, cerca de mi casa). Y la cosa ha sido como esperaba: me han dado un papelín con el número 44 y, cuando he preguntado por qué número iban, me ha dicho que por el 18. El resto os lo podréis imaginar.

Yo iba con mis padres así que, viendo cómo estaba el patio, hemos decidido ir a almorzar a una cafetería cercana para hacer tiempo. Como era temprano, el desayuno ha sido de lo más agradable: una terracita en la sombra, el ruido de los coches que llegaba de manera amortiguada y poca gente en las calles, la mayoría paseando simpáticos perretes. Ahí lo he visto por primera vez. Hablo del caballero.

Estaba a dos o tres mesas de la nuestra, sin compañía, desayunando también. Ya de entrada le he dirigido una larga mirada, bastante pensativa. Había algo en él que, desde el primer momento, me ha llamado la atención. Su porte, su aspecto, su actitud, quién sabe. Yo le veía de reojo, y él observaba una paloma entre calada y calada a un cigarrillo recién encendido. La miraba fijamente, mientras la tórtola se pavoneaba por delante de él con bastante coquetería. Seguro que era una hembra.

No había expresión alguna en su rostro, quizá solo curiosidad por el animal. Al cabo de poco, ya no la miraba con tanta obstinación, sino que la iba alternando con un periódico sobre la mesa que iba hojeando distraídamente. Poco después se levantó y se fue, tras pagar brevemente su cuenta.

Fijaos si ese hombre tenía magnetismo que, mientras le veía alejarse, me han entrado unas ganas irrefrenables de llamarle para que se quedara un poco más, pues apenas habíamos coincidido diez minutos. Claro está que no lo he hecho, no habría tenido ningún sentido. Pero mis ruegos se han visto atendidos cuando, algo después, y para mi grandísimo deleite, le he vuelto a ver en el patio de espera de la comisaría, entre veinte o treinta personas más.

Ese hombre era lo que yo llamo un caballero. Hecho y derecho. No sé cuántos años tendría, entre cuarenta y cincuenta, posiblemente. Muy alto, delgado, fibroso, con los brazos finos y la piel clara. El cabello y la barba -perfectamente recortada, por cierto- de un bonito color perlado, salpicados aquí y allá de algún mechón negro. Facciones delicadas, agradables, piernas largas. Las gafas de sol sobre la cabeza. Guapísimo en su conjunto.

De las dos horas largas que me he pasado en ese patio esperando a que llegara mi turno para renovarme el pasaporte de las narices, hora y media me la he pasado devorándole con la mirada. Era un pedazo de hombre impresionante, de los que quitan el hipo. Iba vestido con clase, sin estridencias: llevaba unos tejanos oscuros, zapatos de piel, un cinturón gris a juego con los calcetines y una camisa azul de tela brillante, sedosa, que lanzaba destellos cuando le daba la luz. En la mano llevaba una carpetita de cuero con papeles -¿oficinista? ¿escritor?-, en la otra mano llevaba el periódico y, en un bolsillo, el paquete de tabaco.

Estaba apoyado en un pilar y se ha pasado las dos horas casi enteras en la misma posición, sin perder la compostura ni una sola vez. Con la espalda y los hombros recostados en el muro, con las piernas ligeramente cruzadas, con los brazos ora delante, ora a los lados, ora detrás. Ocasionalmente, volviendo a encender otro cigarrillo.

Ese caballero os juro que me ha impresionado. Se me caía la baba solo de mirarle: irradiaba elegancia, educación, formalidad y cortesía por cada poro de su ser. Físicamente se parecía un poco a Jeremy Irons y a Arturo Pérez-Reverte, tenía cierto aire de los dos: del actor, la cara fina y la delgadez; de mi adorado Reverte, la mirada estoica y la barba. Su porte era viril, masculino, seductor. Y, a pesar de su discreción, andaba con cierta chulería y con desparpajo, como quien está muy seguro de sí mismo.

En todo el tiempo que hemos permanecido en el patio de espera, pasaba mucha gente por nuestro alrededor, porque cerca de donde nos encontrábamos había una especie de instituto de secundaria y también un polideportivo. Y la gente iba y venía sin cesar, sobre todo chicas jóvenes (enseñando cacho) y mujeres guapas. ¿Os creéis que las miraba mucho? Pues no, a diferencia de otros hombres y chicos que también estaban esperando, que se las comían con los ojos cuando sus señoras miraban para otro lado, el caballero permanecía con la vista fija en la pared, o en su periódico, o en el vacío, pero pocas veces reparaba en las muchachas que desfilaban por delante suyo como si de modelos en la pasarela se trataran. Ojo, tampoco es que se fijara mucho más en los hombres, directamente, es que no le interesaba en absoluto lo que pasara a su alrededor.

Yo, que no paraba de observarle, me preguntaba cómo era posible que el resto de mujeres que había en la sala no se fijaran en él, ni tan siquiera mi madre, que volvió más tarde porque ya había terminado de hacer sus recados. Solo al final, una chica muy joven que ha llegado la última para pedir turno, se ha atrevido a dirigirle la palabra, para quejarse de la lentitud de los funcionarios, y cómo son las cosas que, aun estando él más cerca de mí que ella, a la única a la que oía hablar era a la chica -mona, pero vulgar-, mientras que el caballero se limitaba a sonreír con gentileza y a explicarle en voz baja algunas cosas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Nervios, nervios y ¡¡¡nervios!!!

Queridos lulilectores...

Cierto es que la última vez que escribí en este mi querido blog dije que, ahora que se había terminado el verano, iba a escribir un poco más -y no lo he cumplido, como siempre-, pero no importa. Tengo una excusa o, mejor dicho, una explicación.

Y es que... he de informaros de una importante noticia que va a cambiar el curso de mi vida, al menos para una buena temporada. ¡¡¡ME VOY DE ERASMUS!!!

Sí, queridos lulilectores, como lo leéis. Mi destino es Mainz (Magúncia), Alemania, y estaré allí durante un período de seis meses: desde octubre hasta finales de marzo. La verdad es que:

a) No me lo acabo de creer
b) Me hace muchísima ilusión
c) ¡¡¡Estoy súper-dúper-híper-mega NERVIOSA!!!

Mi vuelo sale el sábado que viene, aún me quedan mil temas por solucionar, duermo mal desde hace un par de días ya solo de pensarlo y... ¡realmente es una aventura! ¿Estoy segura de lo que me espera? Diosss, no os podéis ni imaginar la sensación tan extraña que tengo en el cuerpo desde hará cosa de un par de semanas.

No os lo había dicho antes por si acaso, ya sabéis que soy un poco gafe y no quería dar la noticia de que me iba hasta que no lo supiera seguro, pero... ¿hay algo más seguro que tener un billete de ida en la maleta, haber reservado residencia y haber pagado ya parte de la matrícula?

¡Santo cielo!

¡Os iré contando!

¡¡¡Deseadme mucha suerte!!!

Besazzos,

*Luli* =)

viernes, 9 de septiembre de 2011

Cerrado por vacaciones

Queridos lulilectores...

Ha terminado agosto y, con ello, mi mes de vacaciones blogueriles, que ya sabéis que en verano no me animo demasiado a escribir. Creo haberlo contado alguna vez, y es que en verano no puedo escribir porque me pasan tantísimas cosas que no tengo tiempo para sentarme y organizar mis ideas delante de una pantalla en blanco (antes se decía “una hoja en blanco”, pero con este rollo del digitalismo hay que adaptar las frases hechas a nuestros tiempos, aunque sea una memez).

El fin del verano siempre es una etapa dura para mí. Termino mi trabajo habitual en la tienda de ropa en la que llevo varios años ya y comienzo un nuevo curso. Son períodos de transición en los que siempre tengo mucho ajetreo, y anímicamente no estoy al cien por cien porque me acabo quedando con las ganas de unas buenas vacaciones (aunque solo sea una semana, lo que pasa es que nunca se da el caso). Ahora mismo estoy estresadísima con papeleos universitarios varios: asignaturas, matrículas, formularios, plazos de entrega y un largo etcétera. Hoy mismo he terminado mi vida laboral: me han pagado el finiquito, las comisiones, las horas extra... vamos, he estado muy activa en los últimos días.

Dejo atrás un verano agradable. Al principio pensé que se me iba a hacer largo y pesado, pero no, para nada: ha sido igual de corto que todos los demás. Nunca hablo de la magia del verano cuando blogueo, quizá porque yo soy más de invierno y de frío y de soledad (tres conceptos que relaciono a menudo). El verano es todo lo contrario: calor, gente, colores. Digo muchas veces que todos mis veranos son iguales, pero no lo son en absoluto: aunque haga lo mismo una y otra vez, siempre hay pequeñas diferencias que hacen cada verano único y especial.

Éste, concretamente, ha sido un verano de labios rojos, de faldas con vuelo, de miradas cómplices, de palabras nunca antes pronunciadas. He aprendido a ver televisión local en detrimento de la televisión generalista (el TDT tiene alguna que otra utilidad). Se ha convertido en un verano fantástico, maravilloso, sorprendente, repleto de pequeñas delicias cotidianas ocultas en rincones, esperando a ser descubiertas. Intenciones escondidas, suspiros contenidos, sonrisas fáciles y -mejor- duraderas. Ha habido caras nuevas, también otras que no lo eran tanto. Un verano emocionante, con puntos de misterio, situaciones peliagudas y un toque de cine negro: dos robos, uno pulcro, impecable, de guante blanco; el otro ruidoso, chapucero, amateur. Nosotras en medio de ambos, nerviosas, emocionadas, pensativas. Luces azules, preguntas, lágrimas, un toque de malicia, varios de rebeldía. Y risas.

Te he amado, verano 2011. O, bueno, quizá no, pero he sabido apreciarte -o lo he intentado-, aunque, claro, hubiera podido hacerlo mejor. Me ha servido para darme cuenta de errores del pasado que, ahora que sé cómo solucionarlos, me pesan por no haberlos podido enmendar a tiempo. Hubiese sido tan fácil... pero no importa, me quedo con lo bueno, por una vez, con lo sincero -o con lo aparentemente sincero-. Pongo buena fe de mi parte. Eso es positivo.

Ahora dejemos que llegue el otoño. Empezaremos esta cuesta junto con los últimos vestigios de estío, con su aroma peculiar, con su dulce regusto aún en el paladar. Los últimos rayos de sol sobre la piel. Algunas semanas más de bronceado. Buenos recuerdos, mezclados con amargas nostalgias. Muchas dudas. Cierta complacencia. Añoranza.

Por muchos veranos más. Por que todos sean igual de especiales.

Este blog vuelve a funcionar. Como dije en el título, estaba cerrado por vacaciones. Pero las vacaciones han terminado. Bienvenidos de nuevo.

Besazzos,

*Luli*

martes, 26 de julio de 2011

Señoras ESTÚPIDAS

Queridos lulilectores...

Anoche me las tuve que ver con unas cuantas señoras estúpidas. ESTÚPIDAS, en mayúsculas.

En la tienda en la que trabajo se supone que cerramos a las diez y media de la noche. Eso no significa que nosotras, las dependientas, acabemos a las diez y media, ni mucho menos, porque después siempre toca arquear la caja, ordenar la tienda, apagar las luces, cerrar. Vamos, media hora de trabajo extra jamás remunerado ni considerado, asumido por los jefes como algo natural, un gaje del oficio. Y si llegas a las once a tu casa a cenar, pues bueno, tampoco es para tanto, ¡más os quejaríais si estuvierais en el fresón!

En fin. Es algo que, después de cuatro años trabajando en la misma empresa, tengo más que asumido, por lo que lo veo tonto el renegar. Todos pringamos en el trabajo, unos más, otros menos, los hay que se escaquean. Y media hora (aunque sea cada día media hora), no es un asunto de Estado, sabiendo que 1) Hoy en día, quien tiene trabajo en esta crisis, es afortunado 2) Hay gente que le puede llegar a echar 14 horas por jornada, cobrando una miseria así que, para qué hablar.

De lo que yo me quejo es de las señoras ESTÚPIDAS que hacen que esa media hora habitual se convierta en una hora entera, que ya no hace tanta gracia. Porque se meten en la tienda cuando ven que estamos apagando las luces, a traición. Cuando las vemos entrar, nos miramos de reojo y miramos el reloj, las diez y veintiocho. Ellas sonríen, carpantas, y con una sola ojeada les adivinas la intención: vienen dispuestas a probarse toda la tienda, tienen ansia de ropa, un hambre voraz. Mucha mala leche.

Pero son muy listas. Te sonríen amablemente y sueltan con voz azucarada:

-¿Podemos pasar cinco minutos, no?

Nos miramos, alarmadas.

-Estamos cerrando ya...

-Será solo un momento, ya veréis. ¡Si venimos a comprar!

No esperan la respuesta. Se dan la vuelta, nos enseñan las espaldas y se meten directas a las zonas de ropa que, tras veinte minutos de esfuerzo, hemos conseguido adecentar y pulir, para adelantar trabajo. Rezongamos por lo bajini, pues no podemos echar a las clientas de la tienda con malos modos, sobre todo si, estrictamente hablando, se encuentran en la tienda durante los horarios de apertura al público. No es que al jefe le importe demasiado, pero es preferible quedar bien, por si las moscas, sobre todo si él está presente.

Y las señoras empiezan a sacar pantalones, camisetas, zapatos, cinturones. Mi compañera y yo no tenemos otra que resoplar y tratar de arreglar los desaguisados que causan en las estanterías. Así, poco a poco, va pasando el tiempo.

Llega el jefe, nos mira con aires de cansado y nos suelta: ¿qué hacen estas aquí todavía? Empezad con el arqueo. Pero cómo, señor jefe, si sus amigas las señoras clientas aún están en el probador. Pues lo ponéis como si fuera una venta para mañana. Y acabad de apagar las luces, anda.

Nosotras, bastante resignadas, le damos al santo interruptor que hace que el establecimiento se quede sumido en una fantasmagórica penumbra -a la que, debido a la frecuencia con la que lo concurrimos, nos hemos terminado por acostumbrar-. Que no es el caso de las señoras, porque aún se encuentran en el probador y rezongan, mosqueadas: ¡que nos habéis dejado a oscuras, oye! Órdenes del jefe, señora.

Y mientras terminan de cambiarse (si ya con luz tardan eones, sin atinar imaginaos), nosotras empezamos la ardua tarea de empezar a contar lo que se conoce como centimicos y monedicas, que siempre hay muchas, y a hacer los cálculos diarios para arquear la caja. Cuando vamos más o menos por la mitad, salen las tres señoras de los probadores cargadas de kilos y kilos de ropa estrujada y pisoteada, la dejan a montones sobre el mostrador, y se ponen en la cola con cara de pocos amigos.

-¡Ay, os hemos interrumpido mientras contáis, cuánto lo sentimos, niñas! Venga, cobradnos esto en un instante, que nos vamos y os dejamos ya tranquilas.

Son las 23:03 de la noche. Con un contenido resoplido abortamos la operación y volvemos a abrir el programa de la caja registradora. Le cobramos a cada una ocho pantalones, tres pares de zapatos, bolsos y artículos varios. Empiezan a marear con bolsas, cajas de cartón, una que se lo piensa y dice que espera un momento, que las sandalias mejor negras en vez de blancas.

Nosotras, al borde del paro cardíaco provocado por nerviosismo continuado, y con unas cada vez más irreprimibles ansias asesinas, las despachamos, al fin, entre bruscos adioses, mientras ellas se alejan envueltas en un molesto cacareo -del cual aún somos capaces de captar algunas referencias hacia nuestros queridos parientes-. Por fin, cerramos la puerta. Ya no puede entrar nadie más.

Llega el jefe y reniega, ¿aún estáis así? Sois unas lentas, de verdad. Y ya, por no enfadarnos más aún, sonreímos, para qué hacer un drama de esto, pensamos al unísono. Contamos el dinero, arqueamos la caja, ordenamos las toneladas de ropa que quedaban.

Cené a las doce menos cuarto. Pero más vale tarde que nunca.

Hago desde aquí un llamamiento a las mujeres que sean clientas: por favor, respeten los horarios, porque tocar las narices no es divertido. Bueno... solo a veces. ;)

Besazzos,

*Luli*

sábado, 16 de julio de 2011

Verano y dignidad humana

Queridos lulilectores...

No puedo menos que constatar que, en verano, las personas perdemos la dignidad humana más que en cualquier otra estación del año. Mi trabajo diario en una tienda de ropa me permite estar en continuo contacto con infinidad de individuos e individuas que se pasean, tan ufanos, por delante de mis mismísimos luciendo cada modelito que, a más de uno, les quitaría el hipo de golpe -del susto, digo-. Bueno, en realidad a cualquiera con dos ojos en la cara (o más, para qué discriminar), y con un mínimo de neuronas activas en el cerebro.

Esto me produce una sensación ambigua: triste, a la par que divertida. Pero no una diversión sana, limpia, sino más bien grotesca y con toques bizarros, como cuando ves a alguien caerse de manera tonta y, aunque sabes que está mal, lo primero que te nace de dentro es una sonora carcajada, tan humana, tan cruel, de ésas que demuestran que te alegras del mal ajeno, que se jodan un rato los demás.

Porque el panorama se las trae: señoras cuarentonas más pintadas que un payaso de mimo, con un top verde flúor y cuñas leopardo que vienen a pedirme leggings amarillo chillón (¿¡habráse visto!?); niñas, poco más de quince o dieciséis, con el sujetador al aire, el tanga asomando tan alto que falta poco para llegar a la cintura y pechos de silicona que parecen dos globos rellenos de agua; más mujeres apretando mollas y michelines con fajas y batas de flores; madres primerizas que pasean sudorosas el carro del bebé -muchas veces con un nefasto pirri cual terrier en lo alto de la frente, el pobre-, embutidas en un mono blanco transparente que exhibe bragas fucsia por debajo; marujas mayores ya, de las que no riegan bien y, encima con el calor, pues ya me dirás, que combinan sin pudor faldas de topos marrones con camisetas de rayas marineras; padres chabacanos que acompañan a sus legítimas a por una minifalda putera, todos ciclaos, con camiseta de tirantes blanca, tatuajes por todo el brazo y un pedrusco de no sé cuántos quilates colgando de la oreja, mientras mascan chicle y dicen: "la apretá mejor, churri, que te marca bien ese culazo que tú tienes". 

Yo, en esos momentos -tan frecuentes, por desgracia-, siento una punzada de desolación que no me explico ni yo misma. Con lo joven que soy, me digo, y tan anticuada para las nuevas ¿modas?, pues un poco raro sí que es. Pero, francamente, cuesta mucho recuperarse de la visión de una mujer de ochenta kilos y en bikini, intentando entrar en una treinta y ocho (¡sí chica, que luego da de sí, ya verás!), y pidiéndome que le ayude a recoger el botón del suelo cuando, por fin, lo acaba reventando (el exhausto pantalón también tiene derecho a respirar, imagino). No me lo explico. Tampoco pido que vayamos todos de punta en blanco a 38ºC, entendedme, pero es que aquí o nos pasamos o no llegamos.

Decidí que este mal gusto que nos rodea (¿que me rodea? Lo dudo) era un hecho tangible y comprobable el jueves pasado, al pasearme con mi madre por el mercadillo de mi pueblo en busca de una bata para mi abuela. Yo misma iba normal, sin mucho paripé, con pantalón corto, camiseta y sandalias (indumentaria que, aunque carece de mucho glamour, estilo, elegancia y demás chorradas que tanto les sobran a las famosillas de los rankings, al menos se adecuaba a las condiciones climáticas del momento). Pero es que, por mucho que lo intentaba, apenas pude rescatar cuatro o cinco atuendos pasables en toda una mañana rodeada de gente. La horterez, lo zarrapastroso y la definitiva falta de buen gusto me atropellaban por doquier, ofreciéndome visiones de auténtica pesadilla que me podrían durar semanas, si me obsesionara. No se salvaba nadie: ni jóvenes, ni niños, ni mayores. Cero patatero. Vestidos vulgares, estampados histriónicos, formas desproporcionadas, gafas de sol repletas de enormes logos, pijas y pijos de pueblo,  muchas arrugas mal planchadas, los oros puestos y, por supuesto, demasiada piel al aire que, sudada para más inri, hubieran hecho las delicias de cualquier explorador excéntrico entregado a la fauna más salvaje. Un espectáculo circense con regusto amargo.

Lo peor del asunto, continuaba cavilando yo, es que estas personas que salen a la calle con semejantes pintas no lo hacen de manera inconsciente, sino que se pasan un rato delante del espejo arreglándose y acicalándose. Que me imagino perfectamente a la choni de turno, metiéndose en sus medias de lycra con brillitos, calzándose unos tacones de charol y recogiéndose la melena en un moño encrespado, saliendo del portal de su edificio sintiéndose como una top model, y remirándose en los cristales de los coches para regodearse en su vanidad, pensando "qué mona me he puesto hoy". Pues sí, hija, mona te has puesto, pero en el sentido más literal de la palabra.

En fin, que entre tanto personaje soez que circulaba aquel jueves por el lugar, admiré a mi madre porque, al menos ella, sí que había sido capaz de mantener la dignidad. Sus formas, demasiado redondas, por otro lado, no le impidieron vestir bien (cosa en la que mi padre, apoyándose en la bandera del conservadurismo, o del recuerdo -quién sabe-, siempre ha insistido bastante: debemos ir bien vestidos, ya sea un domingo, el día de tu boda o para ir al colegio). Iba muy señora: con unos pantalones largos de tela fina y una sencilla blusa blanca, de tejidos suaves. Y no lo digo porque sea mi madre, que también, sino que, objetivamente, creo que representaba un bastión de la decencia en medio de todo ese espectáculo de ciencia ficción al que nos enfrentábamos. Incluso yo me sentía del montón, y me iba deprimiendo más y más a cada paso que daba, con cada nueva persona que se me cruzaba me entraban renovados espasmos.

En fin, queridos lulilectores, después de esta pesada crónica desesperanzada que acabo de narrar, solo me queda por daros algunos consejos, si aún os quedan ganas de leer. Sé que mis palabras pueden sonar duras e, incluso, vejatorias, pero, por favor, no os convirtáis en zarrios andantes cuando salgáis de casa en verano: intentad elegir la ropa que mejor os favorezca según vuestra fisonomía, ya no para ser los más fasion del barrio, sino, al menos, para mantener la dignidad y no ir hiriendo la sensibilidad de los demás. No soy ninguna experta en moda, ni yo misma me caracterizo por un estilo limpio y depurado pero, al menos, soy capaz de admitir que hay ciertos tipos de prendas que, con el tipo que yo tengo, pues no me quedan bien, por lo que intento no abusar de ellas.

No es por moda, recordad. Es por dignidad. Aunque ya sabemos todos que, en este país, cada cual hace lo que le da la gana. Y sobre gustos, por desgracia, no hay nada escrito.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 3 de julio de 2011

Una ligera preocupación

Queridos lulilectores...

El otro día, mientras trabajaba, tuve una breve conversación con una amiga mía llamada Sujeto B, que vino a saludar, hola qué tal. Dicha amiga (que, por cierto, es la misma que quería ser actriz, tal y como estuve comentando aquí hace un par de meses) me dijo entre risas despectivas que jamás, jamás, pero jamás, podría volver a dirigirle la palabra a nadie que afirmara que su libro favorito es El Quijote porque, si a alguien le puede gustar El Quijote, ese alguien es friki.

Me preocupa ligeramente (nótese la ironía) que esta chica esté acabando la carrera universitaria de Magisterio Infantil, y que nunca haya leído nada más serio que contados libros del Barco de Vapor -excelente colección, por cierto, yo también leí muchos en mi infancia-. ¿No creéis, queridos lulilectores, que es bastante triste?

En fin, dejo abierto el debate. Para qué poner a parir a mi pobre amiga Sujeto B, que bastante tiene ya con lo suyo.

Besazzos,

*Luli*

viernes, 17 de junio de 2011

Ligera cual aire

Queridos lulilectores...

Vengo hoy a saludar y a dar algunas explicaciones (siempre vanas y con un acusado tono culpable) de mis reiteradas ausencias en los últimos días. Pues bien, he estado de exámenes, ahora estoy trasladándome de la city nuevamente al pueblo y, además, me siento desinflada, como melancólica.

Por eso hoy necesitaba contároslo. Mi crisis identitaria (la que siempre me acompaña, de la que os hablé en la última entrada), va en aumento, tristemente. No, miento, es que ni siquiera va en aumento, pero la cosa está en que no desaparece, siempre viaja en mi maleta, vaya yo a donde vaya (llámalo maleta, pero sirve también una mochila, un bolso, un bolsillo o cualquier recoveco cerebral).

Hoy me ha entrado el bajón al ver los blogs de mis compañeros de clase: nada que ver con este. Son blogs estremecedores, jodidamente cultos e interesantes, repletos de citas interesantes y referencias constantes a libros, películas, música, arte, fotografía... Son blogs con lectores y comentarios. Son blogs vivos y presentes.

Ojo, que con esto no me estoy quejando de mi blog: amo mi blog, al fin y al cabo es donde yo escribo. A lo que me refiero es que me he dado cuenta (ya lo venía sospechando) de que mis compañeros de clase (algunos) son gente apasionante, y que tienen vidas apasionantes, por mucho que ellos se empeñen en afirmar que son una mierda. Mentira.

Además, en verano hacen cosas guays: una se va a trabajar a Londres dos meses, otra a Canadá, otra a Nueva York a un curso de verano, otra al periódico, unos a la radio, otros a la televisión... pf. Y yo a la tienda de ropa de cada verano. Pringada al cuadrado.

Me he dicho: Luli, ¿pero cómo eres tan simple? Me siento simple, superflua, innecesaria y vacía. Anclada en los mismos libros, en la misma música y en la misma vida que llevaba hace unos años. Soy boba. Me siento boba. Y detesto esa simpleza que me rodea, que rodea todo lo que tenga que ver conmigo. Siento que no aprovecho mi vida debidamente, y eso me está matando, muy lentamente, por dentro. Es una gran p***da.

Perdonad hoy mi humor. No sé qué me pasa últimamente.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 29 de mayo de 2011

Esa crisis de los 20

Queridos lulilectores...

Hoy -después de cierto tiempo sin dar señales de vida- vengo a hablaros de esa crisis que nos entra a las personas jóvenes cuando tenemos 20 años, más o menos -y según lo que he estado observando en los últimos meses. Evidentemente, no nos entra a todos (bienaventurados quienes no la tengan), pero me gusta saber que no soy la única persona que la padece, como yo creía hasta el momento (vaya una egocéntrica estoy hecha). Supongo que podemos llamarla "crisis identitaria" o, como dijo mi amiga el otro día, "crisis existencial".

Básicamente, es una crisis que se da a raíz de plantearse aspectos del futuro, del tipo: ¿qué va a ser de mí cuando acabe la carrera? Son preguntas que nos asaltan inevitablemente, y que a mí, en persona, hace ya tiempo que me planean sobre la cabeza, cual ave carroñera acechante.

La cosa está en que el otro día, de esto hará poco, hablando online con una compañera de clase, le surgió a ella la duda de dónde acabaría trabajando (de hecho, incluso se preguntaba si realmente encontraría un trabajo). Empecé a decirle todas las opciones que se me ocurrían: que si puedes ser guionista, que escribes muy bien; que si puedes ser realizadora, montadora, fotógrafa, crítica de cine, trabajar en la radio, en la televisión, hacer oposiciones... un largo etecé. Pues a todo le ponía pegas. Todo le parecía mal. Nada la satisfacía (de guionista cobras poco, en la tele y en la radio es imposible entrar, para ser crítica hay que saber mucho, de fotógrafa no puedes vivir bien...). Al final, realmente desanimada, dijo que lo que prefería era un trabajo facilón, de ésos "de oficina", de los de los funcionarios: entrar a las 9 y salir a las 5, y olvidarse entonces del trabajo hasta el día siguiente. Porque no podía aspirar a nada más.

Aspirar a más, ahí le dio. Es ese puntito ambicioso que todos -en mayor o menor medida- llevamos dentro, una de esas motivaciones vitales que nos impulsan adelante en la vida, porque necesitamos sentirnos realizados como personas, comprobar que nuestras vidas han tenido algún sentido y no han estado vacías, amorfas. Y tuve ocasión de comprobarlo poco después, ese mismo fin de semana, para gran sorpresa mía.

Vino a mi casa otra amiga del pueblo, de toda la vida, con los ojos medio llorosos y un estado de ánimo que rayaba la exaltación. Ella está estudiando magisterio, y le queda nada para acabar. Tiene miedo de terminar el año que viene, sacarse las oposiciones y encontrar trabajo fijo (¡!). Dicho así puede sonar un poco radical, pero a lo que me refiero es que ella se negaba a ponerse a trabajar con 23 o 24 años y estar ejerciendo de profesora hasta los 60 o cuando sea que se jubile, sin haber tenido la oportunidad de haber hecho nada más en la vida.

Su postura me asombró de sobremanera, porque esta chica es de las tradicionales, del tipo de personas que tienen las ideas fijas y planean su vida de antemano. Lleva con su primer novio casi 7 años, siempre era la única que no tenía pensado salir del pueblo para nada, sino que quería vivir allí para siempre, casarse con su novio y tener tres hijos cuanto antes. Es la que se lo pasaba peor en los pocos viajes que hemos hecho cuando íbamos al instituto, porque echaba de menos a sus padres; la que se sentía incapaz de estudiar algo que la alejara de su familia, porque no quería vivir sola, sin su gente de toda la vida. A mí me sorprendía, porque yo siempre he tenido ganas de largarme cuanto antes de mi casa, y la encontraba cuadrada de pensamiento y algo cabezota, pero también es verdad que no me quedaba otra que respetar su postura: no todos somos iguales, gracias a Dios.

Pues me viene a casa el domingo pasado, como os decía, muy preocupada porque de repente le había entrado un pánico terrible hacia esta perspectiva de futuro que antes la embelesaba; me contaba que ella necesitaba "algo más", intentar alguna aventura loca, aprovechando su juventud. Su aventura loca es "ser actriz", aunque estaba también asustada porque sabía que sus padres no lo iban a aceptar, y se temía que su novio -aún inmaduro, aunque sea mayor que nosotras- no lo entendería, que él lo único que necesita es una vida tranquila, sin grandes cambios, como la que tenían pensada en su momento, muy cómoda y sin demasiados quebraderos de cabeza.

En fin. El caso es que a mí me tocó hacerle de psicóloga, igual que hice antes con mi compañera de clase, para decirle que lo que le pasa es normal, que a todos nos llega ese momento de parar un poco y preguntarnos seriamente cómo queremos que siga nuestra vida. Y lo más irónico de la situación es que yo misma siempre me siento confundida y perdida, porque mi futuro es algo que me ronda muchas veces por la mente (a veces hasta me quita el sueño), y me sentía extraña orientando a mis amigas sobre cosas que yo misma no entiendo, o cuyas respuestas desconozco.

Pero allí estaba yo, entre atónita y satisfecha, contándole a Sujeto B (mi amiga del pueblo), de forma tranquilizadora, que cada uno tiene el camino que elige, y que si quería ser actriz, que adelante, que no se dejara frenar por unos padres conservadores o por un novio cateto, que no dejara de luchar por aquello en lo que creía y por aquello que su instinto le gritaba. Y, a la vez, sintiéndome rara porque yo misma no tengo ni idea de cuáles son mis objetivos a corto plazo, porque me enerva no tener nada por lo que luchar, porque mi corazón, o me grita cada día una cosa diferente, o calla obstinadamente. ¿Quién soy yo, y con qué derecho le digo nada a la muchacha esta? Esas son preguntas que me hacía mientras hablaba.

Pero no sé, fue una especie de consuelo porque, a mis ojos, ella siempre había sido  más madura, más feliz (había logrado todo lo que deseaba), y hablando con ella me di cuenta de que la había tenido un poco idealizada, porque era tan humana como yo, que sus miedos y dudas eran similares a los míos, y que yo no tenía por qué sentirme peor o inferior por ser insegura, que a muchos les pasa. Y me halagó que buscara consejo en mí, yo que me creía tan frágil, porque me hizo ganar un poco de confianza y darme cuenta de que, en realidad, todos nos parecemos un poco, sentimos las mismas cosas y no estamos tan solos como a veces nos creemos.

Es posible que penséis que esto no pasa solo a los 20; también más adelante; supongo que sí. Solo que ahora, a estas edades, suele darse un punto de giro, porque acaba una etapa y comenzamos otra diferente, y cuando cambiamos de etapa siempre nos surgen esas preguntas, esos miedos, esas inseguridades de las que os hablo. Los jóvenes como yo acabamos las carreras en breve (año arriba, año abajo), y llega el momento de salir del nido de los padres, buscar una independencia, un trabajo, un medio con el que ganarse la vida (no todos, obvio, es evidente que la situación cambia mucho en función de cada individuo, pero estoy generalizando). Eso es un gran paso, y es normal que nos sintamos solos y desorientados al principio. Lo malo está en que, por mucho que sea normal, eso no hace más llevaderos los quebraderos de cabeza que nos absorben la cocotera en todo momento.

Supongo que la mejor solución para salir adelante siempre consiste en tomar decisiones -nadie dijo que fuera fácil- y echar hacia adelante una vez hayamos escogido. Sigue resultándome curioso el hecho de que una persona que, en principio, parecía que ya tenía todo su porvenir decidido -como es el caso de mi amiga- de pronto se sienta impotente ante la posibilidad de una existencia vana y exigua que acabe en rutina y aburrimiento (porque, en el fondo, la entiendo: el novio de toda la vida, el trabajo de toda la vida, el pueblo de toda la vida... pf, yo me agobio solo de pensarlo). Bueno, es lo que le dije yo el otro día: si no aprovechas ahora, que eres joven, para hacer esas locuras que se te ocurren y para acumular todas las experiencias que puedas, ¿cuándo lo harás? (Imagino que se puede, más adelante, pero socialmente está peor visto).

Evidentemente, yo psicóloga no soy, pero intenté transmitirle algo de seguridad a partir de mis propias experiencias (adquiridas, desde hace largo tiempo, gracias a mis inseguridades, justamente). Me he comido muchas veces la cabeza pensando esto mismo, y podría disertar sobre esto durante demasiadas horas, pero no lo haré, porque acabo normalmente malparada xD, así que solo puedo aconsejaros una cosa -si es que me estáis leyendo y atravesáis una crisis similar relacionada con vuestro futuro más inmediato: sobre todo, intentad no tomar las decisiones en caliente.

Cuando algo os venga a la mente y os preocupe durante un cierto tiempo, intentad dejar pasar los días y respirar con calma antes de escoger una solución que puede resultar equivocada a la larga. Pensadlo siempre bien antes de saltar, pero no dejéis de hacerlo solo por haber pensado demasiado (*luliconsejo, aunque no me hago responsable de las consecuencias, ya que yo misma soy un polluelo inexperto xD*).

Como dice mi madre... el cambio es la única constante en la vida. Si asumimos eso, ya tenemos parte del camino avanzado.

Mucha suerte a todos.

Besazzos,

*Luli*

martes, 3 de mayo de 2011

Calor humano

Queridos lulilectores...

Vengo a hablar de lo desagradable que puede resultar el calor humano no buscado voluntariamente.

Volvía yo de clase, a horas tardías, cansada y hambrienta (aún no he cenado aunque, para lo que voy a cenar, lo mismo da, porque me he puesto a dieta), en el autobús. En la parada en la que me he subido había mucha gente, y el autobús también estaba repletito, así que no había mucho donde elegir: es uno de esos días en los que una no puede ser caprichosa si quiere sentarse, como es mi caso, porque tengo unos 35 minutos de trayecto que, de pie, se acaban haciendo pesados.

El caso es que me aposento al lado de un chico joven que, para qué negarlo, era un MALEDUCADO. Maleducado involuntario, que es peor, ya que se ve que lo lleva en su naturaleza y no lo hace solo por tocar un rato las narices. El tipo era, sin duda, voluminoso, y también iba bastante equipado, porque tenía una maleta de considerable tamaño a su lado, y una riñonera en el regazo; leía un libro. Lo que me ha llamado la atención es la manera en que estaba sentado: con las piernas bien abiertas, en una postura dejada y abusiva que no se corresponde con la formalidad y el toque impersonal del transporte público.

Es decir, que, aunque teóricamente iba sentado en un asiento solo, sus piernas abarcaban dos: el suyo y el mío. Yo me pensaba lo que cualquiera pensaría, que al sentarme a su lado, el muchacho se recogería un poco y se enderezaría, pues no. Me he equivocado. Dicho en otras palabras, más esclarecedoras, por cierto: yo se la traía bastante floja.

Así pues, ahí me veis: Luli espachurrada contra la ventana, conteniendo el aliento y notando en todo momento el terrible calor humano que las carnes de ese chico desprendían. ¡Habrá cosa más desagradable! Es que el calor humano es muy ambiguo: puede que te guste en determinados momentos, digamos, más íntimos (cuando estás con tu pareja, el abrazo de un amigo, una casta caricia paternal...) o, incluso, cuando hace frío, que no te importa arrimarte a cualquiera con tal de que tus dientes dejen de castañear.

Pero hay veces en las que no es nada divertido verte sometido al calor de una persona que no conoces de nada, como ha sido antes mi caso, y doy fe de que yo pugnaba por evitar que a cada giro brusco del autobús mis piernas rozaran las de ese sujeto. Pues ni por ésas. Aunque, tras esfuerzos y sudores (y posturas contorsionistas a la par que disimuladas), lograra escapar del contacto de semejante mole, su molesta aura seguía atosigándome, como cuando te acercas a un horno que arde a 200ºC y lo notas nada más entrar a la cocina. Vaya repugnancia.

Me pasa una cosa parecida con el dinero. Odio que alguien me pase monedas calientes, resultado de haber sido sujetadas durante minutos por una mano, o de haber permanecido en un bolsillo que toca la piel. El dinero, por su carácter superficial, que no conoce dueño, debería ser frío y fútil, pasajero, en representación al poco tiempo que conservamos un mismo billete, o una misma moneda. Me produce una sensación de disgusto que una moneda aún cálida llegue a mis manos. En seguida la paso a la cartera.

En fin, resumiendo: que menudo viajecito me ha dado el gordo que había a mi lado en el bus.

Ale, a otra cosa, mariposa.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 1 de mayo de 2011

Episodio horripilante

Queridos lulilectores...

Estos días están siendo extraños para mí. Llevo viviendo sola desde el viernes, en mi piso de Valencia. Solo que no están mis compañeros, que sería lo habitual. Como ya he dicho: estoy sola.

Teóricamente, me he aislado para ver si avanzo en mis estudios, pero no me ha llegado la inspiración, así que me paso las horas haciendo tonterías y derrochando el tiempo: se ve que estoy de nuevo en una de esas crisis existenciales en las que pienso un montón de cosas, pero en las que nunca alcanzo a actuar con el suficiente aplomo como para aplacar mis meditaciones.

En ésas estaba anoche, viendo una película, cuando sobre las doce y media, más o menos, se fue la luz en toda la vivienda. Lo primero que pensé fue: "Premio, otro final a medias", pero supe mantener más o menos la compostura. Más o menos.

Que se vaya la luz de tu casa no suele ser una experiencia agradable, por lo general. Implica, en primer lugar, dejar aquello que estés haciendo y preocuparte por encontrar el origen del problema. Sobre todo si, como en mi caso, estás sola y no hay nadie que haga el trabajo sucio por ti.

Sin embargo, que se vaya la luz en tu... "segunda residencia", aquel lugar en el que vives con frecuencia pero que no llega a ser tu hogar, es un tanto más molesto, sobre todo si esa residencia (mi piso) es grande, antigua y fantasmal. Tampoco ayuda el hecho de que haya un descomunal silencio, o que fuera el aire sea de tormenta. Tengo que confesar que no me sentí del todo cómoda.

La oscuridad no me preocupó, en primera instancia. Tenía en el bolsillo mi teléfono móvil, aunque comprobé, inquieta, que apenas le quedaba batería. Aun así, me alumbré el camino hasta la caja de contadores, y volví a guardar el móvil porque encima siempre hay una linterna. Encendí la linterna, y descubrí que a los pocos segundos la luz iba menguando. Al minuto o a los dos minutos se apagaba. Pero yo, con terco estoicismo, venga a iluminar la caja de los contadores e intentando dar con el origen de aquella penumbra. Después de un rato manoseando todos los interruptores resoplando, comprobé lo inútil de mi campaña con la debida resignación. Dejé la linterna en su sitio y, de nuevo con el móvil como guía, me dirigí hacia mi dormitorio.

Menos mal que tengo fuego y velas, me dije, felicitándome a mí misma por mi sana costumbre de tener siempre algún cirio a mano, aunque sea para decorar. Encendí cuatro velitas, y las distribuí por la casa: una en la mesa del comedor, otra en la mesa del salón, una en mi dormitorio, y la otra para llevarla conmigo en la mano.

Pero ahí yo ya estaba bastante más intranquila, curiosamente, porque, lejos de reconfortarme, la titilante luz de las velas me ponía la piel de gallina, sobre todo cuando se reflejaba en los espejos. De pronto me sentí como una intrusa entre aquellas paredes, que se me antojaron frías y amenazadoras, como si el viejo piso tuviera los ojos fijos en mi nuca, y vigilase cada movimiento mío. Los cuadros parecían manchas, la sombra de los muebles me daba escalofríos y el ruidito de la puerta de la galería me estaba poniendo cardíaca.

Decidí que tenía que comprobar si la luz se había ido solo en mi piso, o también en alguna otra parte, así que abrí una persiana, y entró la claridad de las calles de Valencia por la ventana. Mala señal, me dije: ¿por qué sí que hay luz en las calles, y no en mi casa? Entonces se me ocurrió la idea más temible de la aventura: salir al rellano a averiguar si se trataba de una avería del edificio o, efectivamente, solo había sido mi casa.

Del piso de arriba se oían las voces de los vecinos, para variar, pero pensé que era demasiado tarde como para ir a hablar con nadie a esas horas, que rozaban la una de la madrugada ya. De modo que, armándome de valor, y pensando que en cada esquina iba a aparecer alguien dispuesto a acuchillarme los higadillos a traición, regresé a mi habitación vela en mano (reflejándome de nuevo en los espejos), y me hice con las llaves. Cuando fui a abrir la cerradura, se me heló la sangre en las venas, porque el pomo chirriaba como un condenado y, en medio de aquel denso silencio, el ruido parecía todavía más atronador y más espeluznante que de costumbre.

En esos momentos, una no puede evitar que le vengan dos voces a la cabeza y que, simultáneamente, mantengan una conversación:

-Seguro que esto es una conspiración de alguien que quiere robarme. Se ha encargado de manipular el sistema eléctrico de mi casa y, como me ha estado vigilando, sabe que estoy sola y que saldré a curiosear al rellano.

-No digas idioteces, Luli, eso no es verdad. Se ha ido la luz, no pasa nada, a veces ocurre. Estás siendo tonta.

-Sí, sí. Pero, ¿y si cuando abra la puerta, aprovechando la oscuridad, me sorprende y me mata? Yo no podría hacer nada...

-¿Acaso tienes algo de valor en casa?

-Nada de joyas, ni dinero. Solo el ordenador y cuatro recuerdos tontos, personales.

-¿Lo ves? ¿Para qué querría alguien robarte? ¿Y asesinarte? Nadie te persigue.

-Ya... pero no puedo evitar pensar en qué pasaría si mi vida acabara después de abrir esa puerta.

Por cierto, no me dio tiempo a responderme a mí misma. La voz del Sentido Común y la voz Alarmista se callaron a la vez, silenciadas por mí misma, ya que había terminado de girar la llave. Abrí lentamente... En el rellano no había nadie, tampoco se oía ni un ruido. Pulsé varias veces el interruptor de la luz de la escalera, infructuosamente. También le di al botón del ascensor, que no respondió. Suspiré, aliviada, y volví corriendo hacia el interior de la vivienda, en parte orgullosa por mi valor, en parte avergonzada por mi cobardía. Así soy: una completa contradicción.

Decidí que lo mejor era abrir todas las persianas y apagar las velas, porque de alguna manera me sentía más segura con la luz de la calle que con las mías propias. Por lo menos ya había averiguado que no era solo cuestión de mi piso, sino que todo el bloque estaba sometido a aquel corte del suministro eléctrico durante quién sabe cuánto.

Me atrincheré en mi dormitorio, único reducto seguro de aquel bosque de cemento malcarado en que en ese momento se había convertido mi casa, me cambié y me metí en la cama. No pude dormir, porque de vez en cuando la voz Alarmista me susurraba con su urgencia habitual que, en cuanto cerrara los ojos, el cuchillo enemigo me ensartaría el corazón como si de una brocheta se tratase, o me degollaría y, ah, se siente, a usted no la conozco, y si la he visto no me acuerdo.

Encendí la radio, para distraerme (pero flojito, por si el ruido impulsaba al asesino a venir más deprisa a por mí); hablaban de poltergeists y de fenómenos paranormales. Apagué la radio. Me sentí tentada de ponerme el mp3 en las orejas, para ver si me dormía al son de Paco de Lucía, pero algo me obligaba a permanecer despierta, y viva.

Fue casi a las dos de la mañana cuando se me encendió una bombilla, y nunca mejor dicho porque se me ocurrió probar a ver si la lamparita ya funcionaba y, efectivamente, mi habitación se iluminó por completo. La luz había regresado, alejando a todos los males que moraban en mi cabeza, más que en mi piso.

Después de apagarla yo por propia voluntad, no porque alguien me la arrebatara, me sentí en paz al fin, dispuesta a dormir.

Antes de caer roque, sin embargo, me atravesó una última punzada de ira. Efectivamente, me había quedado, de nuevo, sin ver el final de una película.

Besazzos,

*Luli*