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domingo, 29 de mayo de 2011

Esa crisis de los 20

Queridos lulilectores...

Hoy -después de cierto tiempo sin dar señales de vida- vengo a hablaros de esa crisis que nos entra a las personas jóvenes cuando tenemos 20 años, más o menos -y según lo que he estado observando en los últimos meses. Evidentemente, no nos entra a todos (bienaventurados quienes no la tengan), pero me gusta saber que no soy la única persona que la padece, como yo creía hasta el momento (vaya una egocéntrica estoy hecha). Supongo que podemos llamarla "crisis identitaria" o, como dijo mi amiga el otro día, "crisis existencial".

Básicamente, es una crisis que se da a raíz de plantearse aspectos del futuro, del tipo: ¿qué va a ser de mí cuando acabe la carrera? Son preguntas que nos asaltan inevitablemente, y que a mí, en persona, hace ya tiempo que me planean sobre la cabeza, cual ave carroñera acechante.

La cosa está en que el otro día, de esto hará poco, hablando online con una compañera de clase, le surgió a ella la duda de dónde acabaría trabajando (de hecho, incluso se preguntaba si realmente encontraría un trabajo). Empecé a decirle todas las opciones que se me ocurrían: que si puedes ser guionista, que escribes muy bien; que si puedes ser realizadora, montadora, fotógrafa, crítica de cine, trabajar en la radio, en la televisión, hacer oposiciones... un largo etecé. Pues a todo le ponía pegas. Todo le parecía mal. Nada la satisfacía (de guionista cobras poco, en la tele y en la radio es imposible entrar, para ser crítica hay que saber mucho, de fotógrafa no puedes vivir bien...). Al final, realmente desanimada, dijo que lo que prefería era un trabajo facilón, de ésos "de oficina", de los de los funcionarios: entrar a las 9 y salir a las 5, y olvidarse entonces del trabajo hasta el día siguiente. Porque no podía aspirar a nada más.

Aspirar a más, ahí le dio. Es ese puntito ambicioso que todos -en mayor o menor medida- llevamos dentro, una de esas motivaciones vitales que nos impulsan adelante en la vida, porque necesitamos sentirnos realizados como personas, comprobar que nuestras vidas han tenido algún sentido y no han estado vacías, amorfas. Y tuve ocasión de comprobarlo poco después, ese mismo fin de semana, para gran sorpresa mía.

Vino a mi casa otra amiga del pueblo, de toda la vida, con los ojos medio llorosos y un estado de ánimo que rayaba la exaltación. Ella está estudiando magisterio, y le queda nada para acabar. Tiene miedo de terminar el año que viene, sacarse las oposiciones y encontrar trabajo fijo (¡!). Dicho así puede sonar un poco radical, pero a lo que me refiero es que ella se negaba a ponerse a trabajar con 23 o 24 años y estar ejerciendo de profesora hasta los 60 o cuando sea que se jubile, sin haber tenido la oportunidad de haber hecho nada más en la vida.

Su postura me asombró de sobremanera, porque esta chica es de las tradicionales, del tipo de personas que tienen las ideas fijas y planean su vida de antemano. Lleva con su primer novio casi 7 años, siempre era la única que no tenía pensado salir del pueblo para nada, sino que quería vivir allí para siempre, casarse con su novio y tener tres hijos cuanto antes. Es la que se lo pasaba peor en los pocos viajes que hemos hecho cuando íbamos al instituto, porque echaba de menos a sus padres; la que se sentía incapaz de estudiar algo que la alejara de su familia, porque no quería vivir sola, sin su gente de toda la vida. A mí me sorprendía, porque yo siempre he tenido ganas de largarme cuanto antes de mi casa, y la encontraba cuadrada de pensamiento y algo cabezota, pero también es verdad que no me quedaba otra que respetar su postura: no todos somos iguales, gracias a Dios.

Pues me viene a casa el domingo pasado, como os decía, muy preocupada porque de repente le había entrado un pánico terrible hacia esta perspectiva de futuro que antes la embelesaba; me contaba que ella necesitaba "algo más", intentar alguna aventura loca, aprovechando su juventud. Su aventura loca es "ser actriz", aunque estaba también asustada porque sabía que sus padres no lo iban a aceptar, y se temía que su novio -aún inmaduro, aunque sea mayor que nosotras- no lo entendería, que él lo único que necesita es una vida tranquila, sin grandes cambios, como la que tenían pensada en su momento, muy cómoda y sin demasiados quebraderos de cabeza.

En fin. El caso es que a mí me tocó hacerle de psicóloga, igual que hice antes con mi compañera de clase, para decirle que lo que le pasa es normal, que a todos nos llega ese momento de parar un poco y preguntarnos seriamente cómo queremos que siga nuestra vida. Y lo más irónico de la situación es que yo misma siempre me siento confundida y perdida, porque mi futuro es algo que me ronda muchas veces por la mente (a veces hasta me quita el sueño), y me sentía extraña orientando a mis amigas sobre cosas que yo misma no entiendo, o cuyas respuestas desconozco.

Pero allí estaba yo, entre atónita y satisfecha, contándole a Sujeto B (mi amiga del pueblo), de forma tranquilizadora, que cada uno tiene el camino que elige, y que si quería ser actriz, que adelante, que no se dejara frenar por unos padres conservadores o por un novio cateto, que no dejara de luchar por aquello en lo que creía y por aquello que su instinto le gritaba. Y, a la vez, sintiéndome rara porque yo misma no tengo ni idea de cuáles son mis objetivos a corto plazo, porque me enerva no tener nada por lo que luchar, porque mi corazón, o me grita cada día una cosa diferente, o calla obstinadamente. ¿Quién soy yo, y con qué derecho le digo nada a la muchacha esta? Esas son preguntas que me hacía mientras hablaba.

Pero no sé, fue una especie de consuelo porque, a mis ojos, ella siempre había sido  más madura, más feliz (había logrado todo lo que deseaba), y hablando con ella me di cuenta de que la había tenido un poco idealizada, porque era tan humana como yo, que sus miedos y dudas eran similares a los míos, y que yo no tenía por qué sentirme peor o inferior por ser insegura, que a muchos les pasa. Y me halagó que buscara consejo en mí, yo que me creía tan frágil, porque me hizo ganar un poco de confianza y darme cuenta de que, en realidad, todos nos parecemos un poco, sentimos las mismas cosas y no estamos tan solos como a veces nos creemos.

Es posible que penséis que esto no pasa solo a los 20; también más adelante; supongo que sí. Solo que ahora, a estas edades, suele darse un punto de giro, porque acaba una etapa y comenzamos otra diferente, y cuando cambiamos de etapa siempre nos surgen esas preguntas, esos miedos, esas inseguridades de las que os hablo. Los jóvenes como yo acabamos las carreras en breve (año arriba, año abajo), y llega el momento de salir del nido de los padres, buscar una independencia, un trabajo, un medio con el que ganarse la vida (no todos, obvio, es evidente que la situación cambia mucho en función de cada individuo, pero estoy generalizando). Eso es un gran paso, y es normal que nos sintamos solos y desorientados al principio. Lo malo está en que, por mucho que sea normal, eso no hace más llevaderos los quebraderos de cabeza que nos absorben la cocotera en todo momento.

Supongo que la mejor solución para salir adelante siempre consiste en tomar decisiones -nadie dijo que fuera fácil- y echar hacia adelante una vez hayamos escogido. Sigue resultándome curioso el hecho de que una persona que, en principio, parecía que ya tenía todo su porvenir decidido -como es el caso de mi amiga- de pronto se sienta impotente ante la posibilidad de una existencia vana y exigua que acabe en rutina y aburrimiento (porque, en el fondo, la entiendo: el novio de toda la vida, el trabajo de toda la vida, el pueblo de toda la vida... pf, yo me agobio solo de pensarlo). Bueno, es lo que le dije yo el otro día: si no aprovechas ahora, que eres joven, para hacer esas locuras que se te ocurren y para acumular todas las experiencias que puedas, ¿cuándo lo harás? (Imagino que se puede, más adelante, pero socialmente está peor visto).

Evidentemente, yo psicóloga no soy, pero intenté transmitirle algo de seguridad a partir de mis propias experiencias (adquiridas, desde hace largo tiempo, gracias a mis inseguridades, justamente). Me he comido muchas veces la cabeza pensando esto mismo, y podría disertar sobre esto durante demasiadas horas, pero no lo haré, porque acabo normalmente malparada xD, así que solo puedo aconsejaros una cosa -si es que me estáis leyendo y atravesáis una crisis similar relacionada con vuestro futuro más inmediato: sobre todo, intentad no tomar las decisiones en caliente.

Cuando algo os venga a la mente y os preocupe durante un cierto tiempo, intentad dejar pasar los días y respirar con calma antes de escoger una solución que puede resultar equivocada a la larga. Pensadlo siempre bien antes de saltar, pero no dejéis de hacerlo solo por haber pensado demasiado (*luliconsejo, aunque no me hago responsable de las consecuencias, ya que yo misma soy un polluelo inexperto xD*).

Como dice mi madre... el cambio es la única constante en la vida. Si asumimos eso, ya tenemos parte del camino avanzado.

Mucha suerte a todos.

Besazzos,

*Luli*

lunes, 18 de abril de 2011

Ojalá no fuera cierto

Queridos lulilectores...

En realidad, pretendía narrar una tranquila y agradable entrada sobre la pasada noche de luna llena, pero lo voy a aparcar un poco porque ahora mismo ardo en llamas de la indignación que me recorre por dentro.

¿Cuál es el motivo de mi alteración? Puede que os preguntéis. Bien, pues acabo de tener una discusión con mi compañero de piso sobre temas generales de la vida, y el resultado me ha enervado considerablemente.
Todo ha empezado de la manera más inocente, durante la cena, cuando le contaba a Sujeto X (mi compañero, cuyo nombre empieza por X), que hoy en clase he asistido a una exposición de unos compañeros que han tratado el tema de la publicidad infantil (tanto la publicidad que emplea  a los niños para sus reclamos, como los anuncios que se dirigen a este tipo de público, es decir, nuestros más tiernos infantes). Los compañeros han aportado una serie de datos de lo más escalofriantes, como que, actualmente, debido a los anuncios tan cargados de connotaciones ideológicas que nos bombardean constantemente (sexo, juventud, belleza, felicidad...), y a los que frívolamente nos hemos acostumbrado, muchos niños intentan comportarse como los adultos a edades insanas: nos imitan en todo lo que hacemos. Esto puede parecer de lo más normal, pero la manera en que nosotros, los adultos, nos comportamos en la sociedad moderna, dista mucho de ser "normal".

¿Cuál es la consecuencia de esto? Que los niños pequeños emulan modelos desviados y torcidos: no hace falta ser ningún experto para darse cuenta de lo podrida que está nuestra sociedad en muchos aspectos. Los anunciantes, en su afán de expansión comercial, han adelantado la edad de los pre-adolescentes (habitualmente situada en la franja de los 12 a los 14 años, más o menos), hasta situarla en los 6-7 años. Por poner cualquier ejemplo: los anuncios que deleitan a las niñas con la muñeca Barbie, que aparece en anuncios medio desnuda, maquillada y luciendo un cuerpo escultural. Esto, a la larga, provoca que los niños pierdan creatividad, imaginación y desarrollen problemas de carencia de personalidad cuando alcancen una edad adulta, según mis compañeros.

Bien. Escribiendo estos párrafos, me he dado cuenta de que he proporcionado información insuficiente para abordar de una manera mínimamente adecuada los puntos principales que mis compañeros han expuesto en clase, así que no voy a entrar en detalles. Me centro en la discusión.

¿Cómo ha empezado la discusión? La cosa ha sido sencilla: después de exponerle a Sujeto X los datos que he comentado arriba, pero de manera más desarrollada y efusiva, él me ha mirado con cara de asco y me ha soltado en mis morros:

-Luli, sinceramente, si quieres que te diga la verdad... me da igual. Creo que ese tipo de chorradas son tonterías, que la gente se las inventa para intentar echarle las culpas a algo que no existe, y es una bobada perder el tiempo de esa manera.

He saltado. Antes de seguir narrando la discusión, voy a describir a mi compañero de piso brevemente, para que os situéis. Se trata de un muchacho de 20 años de edad, de familia pudiente, que estudia Medicina en la universidad privada. Parece gay -no descarto que lo sea- y tiene un carácter elitista, machista y, a la vez, vulgar, por paradójico que suene. Es decir, que no le importa alardear de su dinero, renegar de los mendigos pero, al mismo tiempo, el único canal de televisión que mira es Telecinco (con toda su programación basura incluida).

Dicho esto, debéis saber que, para nada, me considero la portadora de la verdad absoluta, pero  llevo tres años estudiando Comunicación Audiovisual, y he tenido bastantes asignaturas en las que he tratado problemas relacionados con las teorías de la comunicación, la manera en que los medios están estructurados y algunas nociones básicas sobre la gran, magnánima y todopoderosa Industria Cultural, que todo lo arrasa.

Así pues, ahora sí. He saltado.

-¿Pero cómo diablos puede darte igual? -le he recriminado.

-Yo soy feliz -me ha contestado, y poniéndose ya en guardia-. Yo no me creo todo eso de que los videojuegos impulsan la violencia, de que la televisión engaña a las personas y que haya alguien intentando controlarnos.

Y ahí ya he explotado, hemos empezado a discutir. Ha sido una discusión extraña porque, por un lado, el muchacho me daba una rabia increíble con sus descafeinados argumentos, tan catetos, y me he sentido incapaz de respetar su opinión. Pero, por otro, me ha dado verdadera lástima, porque es una auténtica víctima de este gran y enorme sistema totalizador en el que desgraciadamente vivimos.

Para resumir un poco, he intentado abrirle los ojos al problema, y lo que me ha molestado tanto ha sido su terca postura de mantenerlos cerrados. Le he hablado de la sociedad del conformismo, de las masas, del hatajo de ciudadanos acríticos que hoy somos; una masa homogeneizada y controlada desde fuera, manipulada, maniatada, dominada, sometida. No somos personas, somos consumidores, y como a tales se nos trata. La hegemonía de la publicidad, los cánones impuestos por el gran negocio de esta agresiva Industria Cultural en la que vivimos, los problemas de comunicación, el poder de los medios, el sentido unidireccional que los caracteriza, la sobreinformación que conduce a la desinformación; el factor borrego, en general.

¿Y qué creéis que me ha contestado? ¡Que le da igual! Él es uno de tantos que, más que convivir, se arrodilla ante este negocio aceptado, con esta realidad que subyace a los medios de comunicación, y que suplanta a la verdadera realidad: nos movemos en el reflejo de un espejo y hemos olvidado que fuera de eso hay  algo más, cosas que no se nos ofrecen, pero que podemos necesitar igualmente. Se me cae la cara de vergüenza, y noto un gran peso en el corazón, al descubrir que una persona como él, inteligente, universitario, un futuro médico, esté tan tremendamente domesticado y a una edad tan temprana. Disfruta con programas como Gran Hermano, aun a pesar de ser consciente de que son basura y de que no aportan nada al espectador -excepto un considerable alivio sobre la parte más voyeur de cada uno-, imita a la Esteban con lo del pollo, da gracias cada día al Altísimo por su Blackberry y su iPod y ES FELIZ chateando con sus 300 amigos del Tuenti, y plantando espárragos  adictamente en el puñetero juego de la granja que la red social ofrece.

¿Y todavía me dice que él no está esclavizado? Según él, claro que sabe que "la gente intenta vendernos cosas" (refiriéndose con términos vacíos y limitados a la industria de la moda, de la cirugía estética, de algunos modelos de comportamiento social como "la marginación de los gordos y subnormales", según sus propias palabras, y otras cuestiones que han surgido a lo largo de la conversación). Pero Sujeto X es feliz dentro de la sociedad tal y como está, porque él solo no va a cambiar el mundo y, por ende, ¿qué sentido tiene reconocer el problema? Ama a Disney, Crepúsculo, Zara, la Coca-Cola y a Lady Gaga, y DEFIENDE CON UÑAS Y DIENTES QUE ÉL ES UN HOMBRE LIBRE AL QUE NADIE NUNCA HA MANIPULADO.

¿Nos hemos vuelto todos locos ahora o qué? Ha sido muy intransigente conmigo cuando le he hablado del "factor hipermercado" de los medios de comunicación, por ejemplo (también conocido como "Agenda Setting"), o cuando le he dicho que hoy en día nos comportamos según los dictados de la publicidad, del márketing o de los modelos que aparecen en la televisión, la radio, las revistas, Internet... Lo ha negado todo, ha gritado bastante y, finalmente, me ha espetado:

-Y perdona, pero ahora voy a ver en el ordenador capítulos atrasados de Aída.

Sinceramente, esta conversación me ha dejado tan asustada como estupefacta. Quiero decir: ¿qué tipo de valores estamos inculcándonos a nosotros mismos, y de qué modo hemos podido llegar tan lejos? ¿Cómo es posible que un joven de hoy en día, repito, universitario, educado en los mejores colegios privados, futuro médico y de inteligencia extraordinaria, esté tan rematadamente ciego al mundo y a la vida? ¿Cómo puede darle igual que otros estén manipulándole -manipulándonos a todos- y, en vez de rebelarse contra quienes le someten, lo haga contra quienes le digan que está sometido? ¿Hasta qué punto vale el "ojos que no ven, corazón que no siente"? ¿Cómo puede ser que prefiera mirar Sálvame Deluxe antes que leer Sentido y Sensibilidad de Jane Austen -esto es real? ¿Cómo hemos podido llegar a esto, a este punto escandaloso, en el que todo nos da igual y solo queremos dejarnos seducir por los medios, la publicidad, la moda, la belleza? ¿Somos realmente conscientes de lo desalentador que es nuestro porvenir en este mundo si lo dejamos en las manos de la generación que ahora será nuestro futuro? ¿Vale la pena sacrificar lo que está por llegar a cambio de un poco de  esta superflua comodidad pasajera de la que ahora "disfrutamos" (porque no la disfrutamos, nos hacen creer que la disfrutamos)?

Sinceramente, esto me parece muy triste e inquietante. Menudo apocalipsis nos espera si las cosas no cambian pronto, y a mejor.

He hablado hoy desordenadamente sobre estos temas, ya os lo digo. En dos años, he tenido la oportunidad de leer y comprender un poco mejor estos hechos que hoy he comentado, pero ahora estoy aún demasiado alterada como para detenerme a exponerlos con orden y coherencia. Esto ha sido un pensamiento personal en el que critico la sociedad que le ha inculcado ese pensar (o no pensar, mejor dicho) a mi pijo, repelente y acrítico compañero de piso. Recurro a una célebre cita bíblica, algo modificada, para resumir mis impresiones en cuanto a él: "Señor, perdónale porque no sabe lo que dice" -y, aunque lo supiera, lo peor de todo es que creo que le seguiría chupando un pie.

Cuidaos las espaldas, mis queridos lulilectores. Quién sabe si aún podemos escapar.

Besazzos,

*Luli*

lunes, 11 de abril de 2011

Observadores y observados

Queridos lulilectores...

Hoy me he quedado mirando a un niño durante largo rato. Ha sido en el Mercadona de mi barrio, mientras esperaba en la eterna cola de la caja. Estaba en el carrito, delante de mí, dormitando mientras su madre colocaba con fastidio la compra sobre la cinta. Tenía la cabecita redonda, blanda y apenas cubierta de un rizado cabello.

Yo, mientras le miraba, pensaba en la vida, y en la gran inocencia de la criatura. "Este niño aún no sabe lo que es sufrir, no tiene más preocupaciones que dormir y comer, aún no ha tenido ocasión de sentirse decepcionado o desengañado por personas a las que ama, a las que creía que nunca le fallarían, que siempre le apoyarían en todo". Qué suerte.

Pero, por otro lado, también es verdad que este niño aún no ha conocido alegría, efusión, ilusión, sorpresa... ninguna de esas emociones que nos caracterizan a nosotros los humanos, y que tantas veces consiguen que erremos en nuestros designios a causa de su fuerza envolvente. De repente, sin saber cómo, me he sentido estrechamente ligada  a ese pequeñín.

Y me ha venido la pregunta a la mente. Cuando yo era un bebé, ¿alguien se me quedó mirando como yo hoy he observado al bebé? Es posible que, quizá, en mis más dulces tiempos de infancia, cuando mi madre me llevaba de compras o de paseo por la calle, alguien se me quedara mirando alguna vez, pensando cosas parecidas a las que yo hoy he pensado. Quizá ese alguien me viera y se muriera de envidia por mi sana candidez, pero, a la vez, se preguntara en qué me convertiría yo cuando creciese y, para su interior, pensara "ay, pequeña, todo lo que te queda por vivir... Aún no sabes lo que vale un peine".

Porque yo he pensado en ello mientras esperaba en la cola con la botella de agua en mi regazo, aguardando mi turno. Me decía: "Este pequeñín no sabe aún cómo sabe la sangre en la boca del primer porrazo que te das cuando aprendes a andar; aún no sabe lo que es la la frustración cuando nuestros padres nos castigan a no salir porque nos hemos portado mal; desconoce por completo las amarguras de una pelea acalorada con alguien a quien amamos; ignora el sabor de un primer beso, y el dolor por la pérdida de alguien querido... Pobre pequeñín: cuánta suerte tiene, pero, a la vez, qué existencia tan carente de sentido que lleva..."

Y no he podido dejar de cavilar, a partir de ahí, un poco sobre todo. Nuestras experiencias (que incluyen tanto alegrías como penas) nos definen como humanos. Seguro que muchos de nosotros ahora echamos la vista atrás y nos arrepentimos de muchas de las cosas que hemos hecho mal en la vida, y que quisiéramos cambiar, pero es que si no lo hubiéramos hecho, ahora no seríamos como somos, y parece fácil de decir, pero no es tan sencillo de concebir, por lo menos en mi caso. Soy Luli, pero si no hubiera actuado como Luli en el pasado, ahora no sería Luli como Luli. Sería otra Luli, pero no la Luli que soy hoy.

La complicación del tema parece evidente. Por eso me limito a lo que reza el título de mi entrada: obervadores y observados. Hoy el observado ha sido el pequeñín. ¿Habré tenido yo, alguna vez -sin entrar en voyeurismos, por favor-, un observador? ¿Qué habrá sido de él o de ella? Igual que hoy me he sentido conectada o ligada con ese bebé del carrito, a quien nunca más volveré a ver, pero a quien he deseado toda la suerte del mundo, también se la deseo de todo corazón a la persona -si la hubo- que algún día me dedicó estos pensamientos a mí... porque seguro que, en aquel momento, necesitaba un poco de consuelo.

Ha sido una agradable experiencia.
Besazzos,

*Luli*

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cuando te llevas un palo

Queridos lulilectores...

Siguiendo la misma línea que he estado llevando últimamente, esa entrada será algo breve, pero por cuestiones que ahora descubriréis.
Hoy ha sido un día bastante triste. En primer lugar, me he despedido (quien sabe si para siempre) de un buen amigo, al que no conozco desde hace demasiado tiempo, pero con quien he compartido momentos estupendos. Se marcha al extranjero y no sé cuándo volveré a verle, o si alguna vez volveré a verle. Se me hará algo extraño no quedar regularmente con él para mantener conversaciones que, por otro lado, cada vez eran más interesantes.

Aunque ese no es el único motivo de tristeza de esta jornada. Apenas hará veinte minutos, mis padres me han dado una noticia devastadora: mi prima la Espléndida no vendrá con nosotros a Alemania mañana, porque los de la compañía de vuelo no han dejado que vuele con el billete que originalmente era para mi hermana. Os lo explicaré un poco mejor.

En un principio, íbamos a ir a Hamburgo los cuatro, es decir, mis padres, mi hermana y yo. Pero mi hermana dijo hace poco que, como tenía exámenes, prefería quedarse en casa estudiando, así que mi padre decidió invitar a mi prima en su lugar, ya que el dinero del billete no lo podía recuperar. Y todos nos pusimos muy contentos.

Este mismo lunes mi padre llamó a la compañía (Air Berlin, por cierto) para cambiar los datos del billete, y se encontró con una bonita sorpresa: con el billete de mi hermana solo puede viajar mi hermana. Cambiar los datos implica comprar un nuevo billete, cuyo precio oscilará sobre los 360€.

O sea, que nos hemos llevado un palo. Sobre todo yo, que me acabo de enterar. Y, desde hace veinte minutos, tengo una cara larga, larga y una tristeza irreflenable, porque ir a Alemania con mi prima suponía un gran cachondeo, y a mí me hacía muchísima ilusión (en mi cabeza ya estaba imaginándome alguna que otra situación divertida).

Ir a Alemania está bien, pero ir solo con tus padres es algo aburrido (aunque te inviten a todo). Siempre es mejor tener alguien más afín a ti, aunque sea en edades (porque es que no vienen ya ni mi hermana ni prima, y no es el mismo rollo, aunque sean solo 5 días).

Quizá, en el fondo, muy en el fondo, tendría que haber esperado que pasara algo así, porque era demasiado bonito para ser verdad. Pero eso no quita el hecho de que yo ahora tenga una tristeza como de aquí a Cuba, y que mi ilusión se haya roto en mil pedazos, como un vidrio viejo y seco.

Por eso digo que, cuando te llevas un palo, entre otras cosas, se te queda una cara de idiota que no puedes lavar ni con el jabón de marsella más puro que una abuela experta pueda hacerte con ingredientes naturales, ese que quita manchas imposibles y te deja la ropa como nueva.

Vaya semana más tonta estoy teniendo, espero que mejore.

Besazzos,

*Luli*

P.D.: Y un gran abrazo desde aquí a M. (insomnia).

domingo, 6 de febrero de 2011

Pijas de pueblo

Queridos lulilectores...

Ayer sábado decidí salir a darme un garbeo por la noche en compañía de mis amigas. La verdad es que hacía tiempo ya que no salía, desde Nochevieja (ya se sabe: enero = exámenes).  Pero, con la excusa del cumpleaños de una chica de mi pandilla, fuimos a celebrarlo. Y, como en otras ocasiones,  la ausencia de alcohol en mis venas provocó que mis ideas fluyeran con mayor nitidez que cuando emulo a Baco y me deleito con este legalizado vicio. La cosa es que me quedé horrorizada. Por varias razones.

En primer lugar, porque una descubre que ya no es la más joven. No es que yo sea vieja, pero lo cierto es que me asustó descubrir que toda la muchedumbre que se agolpaba delante de las puertas de los pubs de mi pueblo eran chavales de entre quince y dieciocho años, en su gran mayoría. Yo ya no estoy en esas franjas, Dios, cómo cuesta de aceptar (y lo que me queda, ¿no?, diréis algunos). Seguramente tenéis razón.

Pero el mayor punto de mi irritación estaba lejos de estas cuestiones relacionadas con los años o las edades. Ayer descubrí -mejor dicho, constaté- que las muchachas de mi pueblo son clónicas, como la oveja Dolly. Mira qué termino tan majo me ha salido. Las voy a llamar Las Dollys. Y digo clónicas porque parecen salidas de un proceso industrial, donde todos los productos son homogéneos gracias a una previa mecanización y planificación (¿os suena el fordismo?).

Te ves, donde quiera que mires, a montones y montones de chicas jóvenes vestidas de la siguiente manera: vestido con leggings, falda con leggings, pantalones pitillo. Solo estas tres opciones. Y botines. TODAS con botines o, si no eran botines, botas de caña alta, de esas que llegan casi hasta la entrepierna y que se ciñen hasta que consiguen cortar la circulación. Y todas de negro, que más que gente que se iba de fiesta parecían las empleadas de una funeraria, con sus gabardinas del Bershka o del Stradivarius, más clónicas imposibles.

Es que de verdad, os lo prometo, desfilaban por delante de mis ojos que parecían gemelas, o trillizas o sextillizas (porque siempre pasaban en grupos de seis en seis o de siete en siete). Todas con los pelos planchados o recogidos en el mismo moño cutre que le ponen a veces a la Pataky para salir de portada en alguna revista frívola de turno; pendientes grandes y pesados que les llegaban hasta los hombros, los ojos mal pintados por manos inexpertas y tanto brillo en los labios que las veías acercarse incluso antes de girar la esquina, porque sus morros se reflejaban en la laca de los coches.

Todas ellas, absolutamente todas, con sus horribles botines idénticos, el mismo perfume azucarado (que atrofiaba los sentidos, en el sentido más literal), el mismo tipo de escote indiscreto y el mismo tanga pugnando por salir de su morada cada vez que hacían un movimiento brusco. Me las quedé mirando a ratos, sin saber bien cómo reaccionar, mientras ellas intentaban dominar sus rodillas al compás de los tacones, para no parecer patos andantes -aunque así fuera-, que parecía que en vez de entrar a un pub estuvieran en la semana de la moda de París, por esos aires de modelo que se daban.

De pronto me sentí como una intrusa en aquel mar de jóvenes medio bebidos, ruidosos y fiesteros que me rodeaba. Yo estaba ahí, con mis zapatillas deportivas, mis gafas y mi chaquetón verde manzana, siendo el blanco de más de una mirada de desdén, solo porque había decidido no ponerme una gota de maquillaje o el abrigo negro. El gorila de uno de los bares me observó con mala uva, pero como yo iba en medio de quince chicas vestidas según la tradición (mis amigas), me dejó pasar sin decirme nada. En ese momento preciso me invadió un regusto de ultraje.

Me entraron ganas de decirle al señor segurata: oiga, Mr. King Kong, yo TENGO botines de tacón, pantalones ajustados, ropa de tejidos brillantes para usar por la noche y sombra de ojos. Lo que pasa es que hoy no me ha dado la santa gana de ponérmelos porque no pensaba salir a emborracharme como una loca, solo dar una vuelta y pasarlo bien con mis amigas, y sé hacerlo sin alcohol o sin el uniforme que todas las Dollys estas llevan puestos. No soy una pija de pueblo.

Algunos puede que os preguntéis: ¿y qué es una pija de pueblo? Pues veréis, es un concepto en el que llevo trabajando algunos años ya. Para mí, una pija de pueblo es una muchacha normal, ordinaria y, si me lo permitís, con un toquecillo vulgar, que se cree muy moderna, muy original y muy trendsetter. Que se cree pija, vamos. Pero, a estas alturas, muchos sabemos que en un pueblo (valenciano, para más inri) no hay tanto glamour como en una gran ciudad. No es que esto sea una regla general que yo dicte, pero quiero que la idea quede más o menos clara.

Quien es pija, es pija, independientemente de que viva en una ciudad o en un pueblo. Aunque, eso sí, es habitual que en las grandes ciudades haya más pijas que en los pequeños pueblos (por pura estadística, más que nada). Sin ir más lejos, mi hermana pequeña es una pija (o medio pija). Y tengo una amiga que también es muy pija. Vamos, que, para mí, ser pija es un término que significa algo parecido a lo que viene siendo el esnobismo, aunque quizá en un nivel un poco inferior. Bueno, que no es necesario que yo aclare a estas alturas lo que es un pijo o una pija.

Lo que yo quería aclarar era el concepto de pija de pueblo, que es aquella muchacha que cree ser pija, pero que no lo es. Y no lo es porque compra en las tiendas de ropa donde compran todas las demás amigas suyas (y demás muchachas del pueblo en general), y que no crea tendencias, sino que hace un dudoso seguimiento de éstas. Vamos, que cree que por llevar leggings y botines está siendo más pija (porque de normal siempre va con deportivas por la calle), pero lo único que consigue es caer en una moda choni, chabacana y estereotipada que caracteriza a todas las demás jovenzuelas, en su mayoría. Esto también se puede aplicar a las grandes ciudades, claro (es decir, que podemos encontrar "pijas de pueblo" en la ciudad), pero ya no sé seguro si deberían llamarse igualmente pijas de pueblo, porque lo de "pijas de pueblo" se ciñe únicamente a los pequeños pueblos como el mío, claro.

¿Qué trato de reivindicar con este discurso? Pues que el hecho de ser una pija de pueblo se está generalizando de manera alarmante en mi localidad, según mis últimas observaciones, y que empieza a crear escuela. Es como una subcultura, o una tribu urbana. Están los raperos, los góticos, los punks, etecé... y las pijas de pueblo, que no tienen un pelo de pija, pero mucho de pueblo. Son clónicas, vulgares, homogéneas. No se diferencian en nada, como pude comprobar anoche. Todas iguales, con sus botines, con sus pitillos, con sus pendientes y su cubata en la mano; seguramente con 300 amigos en el Facebook y con sendas fotografías en las que salen con un cigarillo medio consumido y una pose picantona, últimos vestigios de una fiesta que se pierde entre el rastro de tantas otras.

Y esto no es nuevo, quiero decir, no es novedoso el hecho de que los jóvenes adolescentes se comporten igual, o se vistan igual; pero quizá sí que lo es para mí por el hecho de darme cuenta en mi propia piel, y por sentir cierta impotencia ante ello; de pensar: jo, es que yo también tengo los botines en mi casa, aunque ayer llevara zapatillas, y a veces también me gusta maquillarme y sentirme coqueta; y pensar que soy diferente a los demás, cuando en realidad no lo estoy siendo.

Pero es verdad que los tiempos están cambiando. Cuando yo tenía trece años aún merendaba bocadillos de nocilla, y ni siquiera tenía teléfono móvil; ahora no conozco a casi ninguna "pija de pueblo" que con 13 años no tenga una cuenta en Tuenti o se ponga botines de punta y taconcillo para ir al instituto. Las pijas de pueblo se llaman Ana, María o Lore (no estoy hablando de Jessys y Jennis), que escuchan a Shakira o David Guetta, que miran cada día la serie de Antena 3, que se preocupan por su rímel de ojos y que, cuando salen juntas por ahí, se ven entre ellas diferentes, aunque quien mire desde fuera las vea a todas iguales. Porque claro, los botines tienen matices: igual son grises, que marrones, que negros. Pero seamos realistas. ¿En qué cabeza cabe eso?

Lo que está claro es que somos una masa, y que la masa nos absorbe, nos abduce, nos succiona y no nos damos cuenta porque, una vez que estás dentro, es muy difícil escapar. ¿Somos todos unos Dollys? ¿Soy yo también una pija de pueblo, aunque trate encarecidamente de luchar contra ello? ¿Cómo darte cuenta de cuándo te has conseguido diferenciar de los demás por tu propio pie, y no por agentes o influencias externas? Eso es extremadamente difícil.

A todo esto, yo no soy, ni mucho menos, una fashion victim o una crítica de la moda. Quien quiera llevar botines, adelante, que no estoy menospreciando a estas chicas por su manera de vestir (porque igual este año son los botines y el que viene son los cinturones de leopardo); lo que yo critico es esa actitud, esa ciega actitud de ir todas al Zara de rebajas y creerse que son más originales que las demás. ¿Sabéis el tiempo que hace que no voy al Zara de compras? Odio el Zara (aunque tenga ropa muy mona). No odio la ropa de Zara en sí; odio lo que representa: la homogeneización. Me esfuerzo por encontrar mi camino, aunque me lleve un tiempo y me cueste trabajo. Sé que, tarde o temprano, si me empecino mucho, lo conseguiré; me apartaré un poquillo de la masa, aunque no consiga salir nunca del todo, pero trataré, al menos, situarme en los bordes exteriores y nunca en su corazón (que es el punto donde están las pobres pijas de pueblo; las pobres Dollys que se dejan arrastrar por la amorfa masa, por los dictados de la industria cultural y por corrientes de aire demasiado poderosas para ellas, contra las que aún no están capacitadas para luchar).

Y no extrapolo el concepto de masificación a un plano más amplio (las sociedades occidentales en sí), porque aquí me pueden dar las uvas hoy; me quedo solo en la rama de los jóvenes y, en concreto, en la de los pijos de pueblo, pero este es un tema peliagudo que se cierne sobre nosotros cual sombra silenciosa y a la que prestamos demasiada poca atención; principalmente porque no nos damos cuenta de que nos encontramos sumergidos en el sistema.

El hecho de haber estudiado algunas pinceladas básicas sobre estos temas me ha abierto un poco los ojos, pero ni mucho menos soy una experta en ello. Aunque me ha permitido descargar mi frustración de ciudadana anónima e insignificante sobre algo que, a mis ojos, es una muestra más de lo Dollys que podemos llegar a ser. Pobres pijas de pueblo, pobrecitas mías, que ni siquiera han acabado de crecer.

Por cierto, cuando iba al instituto me encantó conocer el pensamiento de Nietzsche.

Ya paro de dar la tabarra por hoy; en realidad no sabía que me iba a salir una entrada tan larga cuando me he puesto a escribir (y, por ende, he desvariado un poco más; al principio iba a satirizar solo las Dollys y lo absurda que fue la noche de ayer; pero al final me ha salido la vena crítica, era inevitable).

Seguro que, llegados a este punto, los pocos valientes que hayáis resistido leyendo hasta aquí, desearéis que anoche me hubiera emborrachado y basta, para estar hoy de resaca y no tener ganas de despotricar contra el mundo. Y perdón si alguna pija de pueblo lee mi entrada y se siente aludida u ofendida: mi intención no era poneros a parir gratuitamente, sino intentar descorrer un poco las cortinas que impiden el paso de la luz a vuestros ojos. Quizá en unos años podáis entender mejor de lo que he hablado ahora (bastante desordenadamente, por cierto. Reitero mi perdón).

Grandes dosis de besazzos,

*Luli*