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jueves, 28 de junio de 2012

¿Será posible el milagro?

Queridos lulilectores...

Acabo de enviar un correo electrónico a una Fundación para solicitar un puesto de trabajo. Es un puesto de trabajo imposible de conseguir (o muy muy improbable), pero bueno, el no ya lo tengo, ¿verdad? Quién sabe si me dirán que sí. Siendo realista, lo veo muy complicado (pero que muy complicado), aun así, me dispongo a rezar. ¿Y si el milagro fuera posible?

Si me dieran el trabajo, creo que me volvería loca. Si no... ya lo estoy un poco.
Queridos lulilectores: solicitar este trabajo es lo más disparatado que he tenido ocasión de hacer en mucho tiempo. Ahora la suerte está echada. Quieran los entes superiores escuchar mis oraciones.

Alea jacta est.

Besazzos, y rezad conmigo.

*Luli*

martes, 26 de junio de 2012

Sobre chicos y tontas

Queridos lulilectores...

Bien. Después de emotivos discursos recientemente formulados, me propongo a pasar al grueso del asunto. Soy Luli Manuli, tengo 22 años y ahora mismo estoy en la biblioteca municipal. Levanto la mirada y veo aparecer a una rubia oxigenada con la cara rebozada en cola-cao y un minivestido de volantes rojos (indumentaria veraniega donde las haya, sin duda). Esa muchacha estudia periodismo. Bueno, lo de estudiar es un eufemismo. Y lo de periodismo, creo que también.

Para ser la última semana de junio, hay mucha más gente de la que me pensaba. Pero dejad que pasen unas cuantas semanas y el calor pegue fuerte -fuerte de verdad, nada de milongas de 32ºC como hasta ahora-, y aquí ya no quedará ni cristo. Mi mirada, gentilmente liberada por mi cerebro del yugo de la tonta del vestido rojo, se sitúa un poco más allá. En el chico de la mirada profunda.

Hace mucho tiempo que no le veo. Por lo menos un mes y, para alguien que viene de forma regular a la biblioteca para trabajar un poco -o para bloguear-, un mes es bastante tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta que antes de eso coincidíamos cada día. Quizá dejara de venir cuando esto se llenó de gente que se preparaba para los exámenes de selectividad: era época fuerte de exámenes y la biblio estaba saturada.

No sé cómo se llama, ni siquiera me sonaba de vista antes de verle en la biblioteca por primera vez. Al principio creí que estaba estudiando una carrera dura (ingeniería, medicina, derecho... en fin), porque el muchacho se pasaba diariamente sus 8 horas rigurosas en estos lares. Después mi amiga Sujeto R me comentó que él y unos cuantos más se están sacando lo de policía, que se ve que es bastante difícil. No lo negaré: al escuchar esto se me cayó el mito de forma considerable.

Es un chico normal, algo más alto que yo y mayor, de piel y cabello oscuros, con el gesto taciturno y una mirada penetrante. Un cuello y unos brazos poderosos, viriles. Tiene cierto aire moruno. No me parece guapo, estrictamente hablando, y tampoco me gusta en el sentido romántico, pero algo en él me atraía -me atrae, recordemos que lo tengo sentado unas mesas más adelante- de una manera considerable. Es como un imán para mis ojos: siempre que levanto la cabeza de mi trabajo le observo con detenimiento.

Él me ignora, nos ignora a todos. Está concentrado en sus tareas y no se levanta más que un par de veces para fumar un cigarrillo -los lía antes de salir- y tomarse un respiro. Después, sigue con lo suyo. Lo que me rompió la magia (por llamarlo de alguna forma) fue el saber que no estudiaba en la universidad. No me entendáis mal: no tengo nada en contra de la gente que no estudia en la universidad, pero valoro mucho a la gente que sí lo hace. Es el poder del intelectualismo; para mí tiene una gran influencia, porque me inspira mucho respeto el saber que alguien está ocupado con fórmulas imposibles, con células extrañas o con autores imposibles. Me gustan los intelectuales. Y aún vinculo -supongo que soy una idealista- la universidad al saber y al conocimiento.

Aun así, dejando de lado este pequeño detalle, la verdad es que sigo contemplándolo pensativa cuando se me presenta la ocasión. No sabría decir por qué. Quizá no sea un intelectual -quizá sí, quién sabe, el hecho de que no estudie en la universidad tampoco significa que uno no pueda ser un intelectual-, pero sin duda es un chico constante y trabajador. Todo en él me parece seductor: gestos masculinos como rascarse la barbilla pensativo, desperezarse brevemente, sonreír con picardía. Su silencio, su aparente despreocupación por lo que le rodea. La manera en que se coloca el lápiz detrás de la oreja. Todo le da un aire muy interesante.

Y, sinceramente, creo que es mucho mejor poder posar la vista sobre un chico callado y tranquilo que sobre una rubia imbécila que no calla ni debajo del agua y que solo se dedica a pasearse con tacones y a enseñar cacho cada vez que le da por asomar la cabeza por aquí. Cada uno se entretiene como quiere.


Besazzos,

*Luli*

martes, 26 de abril de 2011

Francotiradores

Queridos lulilectores...

Últimamente, tengo pensamientos raros. De hecho, me pasa que, cada vez que veo edificios altos, ventanas recónditas -escondidas en lo alto de un doceavo piso-, o balcones diminutos a decenas de metros del suelo... pienso en francotiradores.

¿Alguien me podría explicar el por qué de estas maditaciones tan extrañas?

Lo más curioso no es que yo piense como víctima, sino que, de pronto, me sorprendo a mí misma viendo las azoteas y tejados de la ciudad de Valencia, y oigo la voz de mi cabeza diciéndome: "Hmm... desde esa terraza, un francotirador podría perfectamente asesinar a alguien de la calle sin que se le descubriera". O bien, "Con toda la gente que ahora pasa por la avenida, si algún francotirdador disparase a cualquiera en este momento, se armaría un gran revuelo y una gran confusión, y la multitud se alteraría tanto que, por unos momentos, nadie sabría de donde ha venido el disparo. Además, en caso de que alguien averiguara que se trata de un francotirador, ¿cuánto tardarían en localizar la terraza desde la cuál éste ha disparado?"

En fin, lo que yo vengo a decir con esto es que... estoy bastante mal, ¿no? Porque no me he atiborrado precisamente a películas de espías durante estas últimas semanas, más bien al contrario... ¿Por qué narices me ha dado ahora por pensar en francotiradores?

Esto demuestra que mi cabeza y yo nunca vamos por el mismo lado...

Un gran saludo, y besazzos, queridos lulilectores.

*Luli*

P.D.: El otro día vi por primera vez la película El camino de los ingleses, de Antonio Banderas. ¡Descubrí que uno de los personajes femeninos se llama Luli, como yo! Me hizo mucha ilusión saber que no estoy sola en este Lulimundo, y que hay más Lulis pululando por doquier. =)

lunes, 31 de enero de 2011

Mendigo guapo

Queridos lulilectores...

Hoy he visto a un mendigo que me ha sorprendido por su atractivo físico. No es extraño que me cruce con mendigos en mi camino hacia la universidad o de la facultad a casa. En una gran ciudad como es Valencia, el cuarto mundo se vive más de cerca que en los pequeños pueblos. Es triste, la verdad, y en ocasiones impactante.

Intento ser respetuosa con ellos. Siendo totalmente sincera, es verdad que no siempre los veo (en el sentido de que "me fijo en ellos"), porque, sobre todo cuando voy con prisas (algo habitual), muchas veces ni siquiera los percibo, aunque siempre están en los mismos sitios. Sin embargo, cuando paseo, sí que reparo en ellos: acurrucados en el frío suelo, me los quedo mirando mientras espero que el semáforo se ponga verde, y pienso en qué estarán pensando.

En mi ruta habitual me encuentro normalmente de tres a cinco que siempre se encuentran en los mismos puntos. Los que se ponen en la puerta de los bancos, el hombre del acordeón, el hombre con el perro, y la mujer de la estampita y el cartel de los cinco hijos.

Sí que les he dado monedas, pero no siempre, porque darle a uno implica darles a todos, y no puedo desembolsar, pongamos por caso, cinco euros cada vez que voy a clase o cada vez que vuelvo a casa (que cinco y cinco ya son diez). Me gusta darle al del acordeón, por lo bien que toca, y al hombre del perro, porque se nota que lo quiere bastante: le habla mucho y le tapa con esmero en invierno.

Hoy he visto, de casualidad, a un mendigo desconocido que estaba cerca de otros a los que sí que veo a veces. Yo iba con prisas, y realmente no le hubiera mirado de no ser porque me ha abordado él.

-Buenas tarrdes -me ha dicho con una gran y jovial sonrisa.

Tenía acento nórdico, no sé; quizá fuera alemán, u holandés. Piel sonrosada, grandes ojos cristalinos y unos dientes relucientes. Solo he podido devolverle la sonrisa, pero llevo toda la tarde pensando en él.

No era joven: tendría cuarenta y pico años, pero estoy casi segura de que aparentaba bastantes menos de los que en realidad tenía. Su cara era fresca, suave, pero estaba ajada por las  arrugas y el frío, aunque su tono ha sido educado y simpático. Era guapo. Y yo no le he dado ninguna moneda.

En realidad, mi mirada y la suya se han cruzado solo durante un fugaz instante; el último segundo que yo tenía para cruzar el semáforo antes de que se ponga en rojo tras el último parpadeo. Pero no me lo he podido sacar de la cabeza. He pensado: "chico, con lo guapo que tú eres, levántate y adecéntate un poco; busca cualquier trabajo que, con sonreír un poco, fijo te lo dan".

Y ahí sigue la imagen, fija en mi retina, del mendigo guapo: aquel hombre que, aun a pesar de su belleza (y de su aparente simpatía) le ha ido mal en la vida; o quiere hacer ver a los demás que le ha ido mal en la vida. Quizá, si vuelvo a verle, le lance una moneda.

Besazzos,

*Luli*