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martes, 26 de junio de 2012

Sobre chicos y tontas

Queridos lulilectores...

Bien. Después de emotivos discursos recientemente formulados, me propongo a pasar al grueso del asunto. Soy Luli Manuli, tengo 22 años y ahora mismo estoy en la biblioteca municipal. Levanto la mirada y veo aparecer a una rubia oxigenada con la cara rebozada en cola-cao y un minivestido de volantes rojos (indumentaria veraniega donde las haya, sin duda). Esa muchacha estudia periodismo. Bueno, lo de estudiar es un eufemismo. Y lo de periodismo, creo que también.

Para ser la última semana de junio, hay mucha más gente de la que me pensaba. Pero dejad que pasen unas cuantas semanas y el calor pegue fuerte -fuerte de verdad, nada de milongas de 32ºC como hasta ahora-, y aquí ya no quedará ni cristo. Mi mirada, gentilmente liberada por mi cerebro del yugo de la tonta del vestido rojo, se sitúa un poco más allá. En el chico de la mirada profunda.

Hace mucho tiempo que no le veo. Por lo menos un mes y, para alguien que viene de forma regular a la biblioteca para trabajar un poco -o para bloguear-, un mes es bastante tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta que antes de eso coincidíamos cada día. Quizá dejara de venir cuando esto se llenó de gente que se preparaba para los exámenes de selectividad: era época fuerte de exámenes y la biblio estaba saturada.

No sé cómo se llama, ni siquiera me sonaba de vista antes de verle en la biblioteca por primera vez. Al principio creí que estaba estudiando una carrera dura (ingeniería, medicina, derecho... en fin), porque el muchacho se pasaba diariamente sus 8 horas rigurosas en estos lares. Después mi amiga Sujeto R me comentó que él y unos cuantos más se están sacando lo de policía, que se ve que es bastante difícil. No lo negaré: al escuchar esto se me cayó el mito de forma considerable.

Es un chico normal, algo más alto que yo y mayor, de piel y cabello oscuros, con el gesto taciturno y una mirada penetrante. Un cuello y unos brazos poderosos, viriles. Tiene cierto aire moruno. No me parece guapo, estrictamente hablando, y tampoco me gusta en el sentido romántico, pero algo en él me atraía -me atrae, recordemos que lo tengo sentado unas mesas más adelante- de una manera considerable. Es como un imán para mis ojos: siempre que levanto la cabeza de mi trabajo le observo con detenimiento.

Él me ignora, nos ignora a todos. Está concentrado en sus tareas y no se levanta más que un par de veces para fumar un cigarrillo -los lía antes de salir- y tomarse un respiro. Después, sigue con lo suyo. Lo que me rompió la magia (por llamarlo de alguna forma) fue el saber que no estudiaba en la universidad. No me entendáis mal: no tengo nada en contra de la gente que no estudia en la universidad, pero valoro mucho a la gente que sí lo hace. Es el poder del intelectualismo; para mí tiene una gran influencia, porque me inspira mucho respeto el saber que alguien está ocupado con fórmulas imposibles, con células extrañas o con autores imposibles. Me gustan los intelectuales. Y aún vinculo -supongo que soy una idealista- la universidad al saber y al conocimiento.

Aun así, dejando de lado este pequeño detalle, la verdad es que sigo contemplándolo pensativa cuando se me presenta la ocasión. No sabría decir por qué. Quizá no sea un intelectual -quizá sí, quién sabe, el hecho de que no estudie en la universidad tampoco significa que uno no pueda ser un intelectual-, pero sin duda es un chico constante y trabajador. Todo en él me parece seductor: gestos masculinos como rascarse la barbilla pensativo, desperezarse brevemente, sonreír con picardía. Su silencio, su aparente despreocupación por lo que le rodea. La manera en que se coloca el lápiz detrás de la oreja. Todo le da un aire muy interesante.

Y, sinceramente, creo que es mucho mejor poder posar la vista sobre un chico callado y tranquilo que sobre una rubia imbécila que no calla ni debajo del agua y que solo se dedica a pasearse con tacones y a enseñar cacho cada vez que le da por asomar la cabeza por aquí. Cada uno se entretiene como quiere.


Besazzos,

*Luli*

jueves, 26 de enero de 2012

Retomemos el camino

Queridos lulilectores...

Y sí, lo sé, llevo meses desaparecida y sin dar señal de vida alguna, pero no importa, algún día seguiré escribiendo porque, aunque tarde tiempo en regresar, o parezca que no tengo nada más que decir, siempre continuaré, escribir forma parte de mi salud mental y es un ejercicio que practico con frecuencia. Y puede que algún día sea escritora. Y si no lo soy, de ilusiones también se vive. Un rato, al menos.

Por cierto, feliz 2012 ;)

Besazzos,

*Luli*

viernes, 17 de junio de 2011

Ligera cual aire

Queridos lulilectores...

Vengo hoy a saludar y a dar algunas explicaciones (siempre vanas y con un acusado tono culpable) de mis reiteradas ausencias en los últimos días. Pues bien, he estado de exámenes, ahora estoy trasladándome de la city nuevamente al pueblo y, además, me siento desinflada, como melancólica.

Por eso hoy necesitaba contároslo. Mi crisis identitaria (la que siempre me acompaña, de la que os hablé en la última entrada), va en aumento, tristemente. No, miento, es que ni siquiera va en aumento, pero la cosa está en que no desaparece, siempre viaja en mi maleta, vaya yo a donde vaya (llámalo maleta, pero sirve también una mochila, un bolso, un bolsillo o cualquier recoveco cerebral).

Hoy me ha entrado el bajón al ver los blogs de mis compañeros de clase: nada que ver con este. Son blogs estremecedores, jodidamente cultos e interesantes, repletos de citas interesantes y referencias constantes a libros, películas, música, arte, fotografía... Son blogs con lectores y comentarios. Son blogs vivos y presentes.

Ojo, que con esto no me estoy quejando de mi blog: amo mi blog, al fin y al cabo es donde yo escribo. A lo que me refiero es que me he dado cuenta (ya lo venía sospechando) de que mis compañeros de clase (algunos) son gente apasionante, y que tienen vidas apasionantes, por mucho que ellos se empeñen en afirmar que son una mierda. Mentira.

Además, en verano hacen cosas guays: una se va a trabajar a Londres dos meses, otra a Canadá, otra a Nueva York a un curso de verano, otra al periódico, unos a la radio, otros a la televisión... pf. Y yo a la tienda de ropa de cada verano. Pringada al cuadrado.

Me he dicho: Luli, ¿pero cómo eres tan simple? Me siento simple, superflua, innecesaria y vacía. Anclada en los mismos libros, en la misma música y en la misma vida que llevaba hace unos años. Soy boba. Me siento boba. Y detesto esa simpleza que me rodea, que rodea todo lo que tenga que ver conmigo. Siento que no aprovecho mi vida debidamente, y eso me está matando, muy lentamente, por dentro. Es una gran p***da.

Perdonad hoy mi humor. No sé qué me pasa últimamente.

Besazzos,

*Luli*

miércoles, 27 de abril de 2011

Bajo la mirada de la luna

Queridos lulilectores...

El pasado 17 de abril (la noche del 17 al 18 de abril) hubo luna llena. Me enteré por casualidad, mientras observaba tranquilamente el parte metereológico en el telediario de turno. No le di mayor importancia hasta horas después, cuando fui a acostarme. Antes de ponerme el pijama, salí al balcón de mi habitación para cerrar las persianas, y fue entonces cuando alcé la vista al cielo, para verla en todo su esplendor.

El brillo de la Luna atrapó mi mirada, y no pude dejar de contemplarla durante largos minutos sin interrupción. Parecía tan cercana y, a la vez, tan inalcanzable...

Fue una noche límpida y primaveral. El silencio era  casi absoluto: solo se oía el susurro de las hojas de los árboles mientras la brisa arrastraba las ramas; quizá, también, algún lejano rumor de coches, muy tenue, sofocado por la distancia. Recuerdo el aroma de los naranjos, el frescor del aire sobre mis brazos desnudos. En la calle no había nadie, ni un alma.

Estábamos solas, la Luna y yo. La tenía toda para mí, y era maravilloso:  en ese momento pensé que no podía haber nada más especial en el mundo. Comprendí, de pronto, el por qué de toda la fascinación que nuestro satélite ha causado durante siglos y siglos en los hombres; el por qué de tanta literatura, de tanto cine, de tanto arte, de tanto mito alrededor de la Luna. La Luna es magnánima: delicada por una parte, suave y luminosa, pero terrible por la otra, cautivadora, fría, única.

Entonces una idea me vino a la cabeza: "Solo hay una cosa que pueda ser mejor aún que disfrutar de esta Luna tan hermosa aquí sola: disfrutarla en compañía de alguien". Pero el mundo dormía a esas horas, agotado. Y, oh casualidad, justo después de este pensamiento (como si fuera obra de algún avezado guionista que se encargara de mi vida por aquella sola noche), justo ahí, apareció de la nada un hermoso gato negro que caminaba por la calzada.

La primera reacción que me vino fue de susto. Me dije: "Si esto es una señal, ¿debería preocuparme?". Ya se sabe que los gatos negros auguran malos presagios; sobre todo para los supersticiosos. Yo, por suerte, nunca he vivido una desgracia después de toparme con un gato negro, y tampoco soy especialmente supersticiosa, así que, después de unos segundos, me relajé.

Le observé desde mi balcón, silenciosa. Él no se había percatado de mi presencia: se movía por la calle con majestuosidad; sus mudos y elegantes andares me fascinaron durante un buen rato. Todo sucedió de una forma tan casual que pensé que, efectivamente, había alguien detrás, entre bastidores, preparando la escena, puesto que nuestro felino amigo se posó justo delante de mi casa para acicalarse con parsimonia.

No pude resistirme a la tentación y le chisté, aunque con suavidad. Cesó de lamerse la pata y, en seguida, arqueó el lomo e irguió las orejas. Me localizó de inmediato: la luz de la luna se reflejaba en sus ojos, que lanzaban destellos verdes desde el asfalto. El pelaje de su nuca se erizó, y me observó desconfiado. Yo aguardaba, inmóvil a sus reacciones, y acabamos contemplándonos mutuamente durante unos instantes, ambos quietos, ambos en silencio, como midiendo nuestras fuerzas.

Finalmente, agitó brevemente la cola y corrió, ligero, a refugiarse tras el primer coche que vio, sin dejar de mirarme con insistencia, como queriendo comprobar que yo no iba a atacarle. Le dejé marchar sin hacer nada más que mirarle, con una mueca burlona en los labios.

Después de eso ya me despedí de la Luna -impávida espectadora- con una sonrisa soñadora, para retirarme a mi refugio y dejar la noche a merced de la única ganadora de aquel encuentro.

Llamadme loca, pero juraría que me devolvió la sonrisa.

Besazzos,

*Luli*

miércoles, 13 de abril de 2011

Tardes de luz dorada

Queridos lulilectores...

Justo ayer por la tarde estaba yo en clase. No es un fenómeno insólito, ya que este año todas mis clases son por la tarde, pero ayer, por primera vez, fui consciente de "la tarde". Y adoré esa tarde. Solo ésa. Ninguna otra.

Me explicaré mejor.

Fue un día normal, como tantos otros. Quizá, incluso, un poco más pesado que de costumbre, porque me pasé toda la mañana haciendo un trabajo, solo hice una breve pausa para comer y, por la tarde, ya tenía clase otra vez. No me sucedió nada excepcional, ni para mal ni para bien. Estuve tranquilamente alternando ratos en los que atendía y ratos en los que no hacía nada (a veces me sucede, no me juzguéis mal xD).

Y, de pronto, sucedió. Hacia las siete, más o menos, entró por la ventana un cálido rayo dorado que nos bañó a todos los que estábamos en el aula y, automáticamente, nos sumió en una especie de placentera irrealidad, tan sólida pero, a la vez, tan lejana como un agradable recuerdo de infancia.

Digo lo del recuerdo de la infancia porque es justo como yo me sentí en aquel momento. Me vinieron imágenes a la cabeza de cuando yo era más pequeña e iba al colegio: las largas horas que, mientras había clase, miraba a través de la ventana, deseando que el tiempo pasara mas deprisa para poder salir pronto y jugar en la calle. La luz que yo veía en aquellos entonces, cuando ya empezaba a hacer calor, era la misma que ayer se coló de improviso por las rendijas de las ventanas del edificio de prácticas donde me encontraba. Una luz densa, metalizada y brillante, pero también cándida y extrañamente mágica, acompañada de un inconfundible aroma a azahar y brisa marina.

Esa luz me cautivó ayer, me trajo muchas imágenes olvidadas a la mente, y no pude menos que compararla con la luz de las tardes de verano, que tan especiales son para mí. Supongo que, si he de verme forzada a elegir, prefiero las tardes de verano, porque son maravillosas; pero tardes como la de ayer ocupan un alto puesto en el escalafón.

Ya sabéis que la primavera, la sangre altera.

Besazzos,

*Luli*

lunes, 21 de febrero de 2011

El feo subido

Queridos lulilectores...

¿Cómo estáis? Hace tiempo ya que no vengo a hablaros. Bien, esta entrada es, sin duda, diferente, porque es la primera vez que posteo en mitad de una clase, como es el caso. Aquí me veo, en las filas superiores del Aula 202 de la Facultad de Filología de Valencia, haciendo como que tomo apuntes y caso omiso a las caras raras que me ponen los compañeros de detrás. Justo ahora la profesora anuncia el descanso; no importa, no me extenderé demasiado.

Hoy os voy a hablar de esos momentos de nuestras vidas (por lo menos, de la mía) en los que tenemos el feo subido, que parece que nos persiga día y noche y no nos quiera dejar en paz. Maldito feo. Últimamente, cuando me miraba en el espejo, éste me devolvía una vacía mirada, cargada de feo.

-Hija, qué mala cara traes esta mañana -me suelto a mí misma después de lavarme los dientes y asearme.

Luego intento darme un poco de alegría al rostro, con algo de colorete y raya de ojos; pues ni aun así. Imposiblemente posible. Nanai. Rien de rien.

Y es que hay días en que una tiene el feo subido, la cara larga o pocos ánimos, así estoy yo ahora. Bueno, no tiene que ver estrictamente con el ánimo, porque igual te encuentras bien pero sigues teniendo el feo subido, aunque, a la larga, el hecho de tener el feo subido durante bastante tiempo puede provocar que, después de todo, los ánimos decaigan. Así que la frase estaba bien formulada.

Cuando tienes el feo subido, te da la sensación de que todo el mundo lo sabe. En esos momentos, siento como que cualquier persona conoce mi secreto. Me subo al metro y me da la impresión de que toda la gente que viaja conmigo en el vagón me mira y piensa: "pero qué chica tan fea". Y me comparo con otras chicas. Intento ser justa, las miro y pienso: mira, esta no es una modelo de pasarela pero, aun así, es mona a su manera. Yo no (recordad, esos pensamientos solo se dan cuando tienes el feo subido; si no, se llama depresión).

Ahora, que de vez en cuando sí que se sube al tren la típica chica escultural, que acaba de tirarme la autoestima por los suelos. La ves entrar al vagón toda esbelta, con sus tacones, sus piernas de infarto, su perfume, su cabello ligeramente despeinado pero, aun así, perfecto... y se pone a mi lado. TOMA YA. El patito feo al lado del cisne.

Pero bueno, por suerte para mí eso no ocurre todos los días, solo ocasionalmente (cuando tengo el feo subido); menos mal que esos momentos se compensan con otros en los que me veo bien e, incluso, aceptable. Paradigmas humanos faltos de estudio y, por ende, de resolución.

Por cierto, este jueves viajo a Alemania para pasar allí la semana; ya os contaré.

Besazzos,

*Luli*

lunes, 7 de febrero de 2011

Fea pintura

Queridos lulilectores...

Mis ansias actualizadoras me llevan a hablar de cosas insólitas que, por otra parte, carecen de interés alguno. Ahora mismo visualizo delante de mí, en la pared empapelada, una enorme pintura rectangular con un gran marco de madera barnizada. La pintura representa una escena cotidiana, medio rural. Hay una orilla, con algunas barcas de pescadores humildes ancladas en el agua. Los pescadores están cargando los botes con las redes, y algunas mujeres y niños les acompañan para despedirlos. Parece que la escena tiene lugar a primera hora de la mañana. Al fondo se vislumbran algunas casas de color blanco, entre las brumas y gotas de rocío.

La pintura, de autor no identificado (porque la firma, aunque grande, es indescifrable), predomina por unos trazos grandes y generosos, aunque carece de brillo y los colores son muy apagados, dentro de la gama de los grises, y tonos arenas.

No me gusta el cuadro. Quizá no sé apreciarlo muy bien: en realidad es más bien una pintura paisajística; las personas aparecen difuminadas, vagas. Pero, en general, no creo que sea ninguna obra maestra; es más, duele bastante a la vista cuando lo miras detenidamente, aunque se puede analizar si le pones interés. Solo que a mí no me parece interesante, porque veo ese cuadro todos los días.

¿Os imagináis que llego a averiguar que, en realidad, tiene un gran valor? Sería una ironía de la vida.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 30 de enero de 2011

Curly hair, supermarket y present simple

Queridos lulilectores...

Tengo cuatro alumnos a los que, todos los sábados por la mañana, desde hace tres meses, les imparto cases de inglés. Es interesante, y no solo por el incentivo extra de dinero que me paga los caprichos, sino porque me entretengo observando a los chicos, recordando cómo era yo en esas edades.

Tienen años variopintos, en una franja que comprende desde los 9 hasta los 16. Curiosamente, lo que más difícil me resulta es tratar de enseñar al chiquillo de nueve palabras tan bobas como curly hair, moustache o supermarket, porque son cosas que no puedes explicar de forma racional (como el present simple, que con saña intento meter dentro de las cabezas de mis alumnos de 13 años). Así, las clases se vuelven en ocasiones aburridas, porque lo único que el muchachito hace es escribir una y otra vez curly hair, dark hair, straight hair o fair hair, hasta que incluso a él se le salen esas palabras por las orejas.

En cuanto a los chicos de 13 (un niño y una niña); van juntos en la misma hora y se nota que la chiquilla es mucho más madura que el niño. No me hace hablar, es eficiente y entiende las cosas rápidamente; al contrario que él, que siempre me hace repetir las frases: “Silencio, concéntrate, calla, va, venga”. Aunque no es tonto, lo que pasa es que es algo vago.

Por último, el chico de 16 es, probablemente, con el que más dificultades tengo; no porque sea precisamente rebelde, ya que se porta bien; sino porque es un sabihondo y cree que no necesita clases de inglés. Es muy orgulloso: le cuesta mucho preguntarme las palabras que no entiende y, cuando le hago preguntas, a menudo pasa minutos y minutos callados antes de proferir una escueta respuesta. Le obligo a conversar en inglés, y su contestación favorita a mis preguntas es “no tengo opinión, no me importa, me da igual”. Entonces, yo le obligo a que esté a favor o en contra del tema que le propongo, y ahí pone cara de estreñido mientras piensa intensamente antes de lanzarse a hablar. Aunque, eso sí, es extremadamente inteligente y, realmente, de inglés no necesita refuerzo, sino avance. Aunque tiene las uñas largas y sucias (en mi opinión, algo imperdonable), pero bueno, está en plena edad del pavo y ser rebelde es lo normal.

Y así transcurren mis sábados por la mañana, de 10 a 13h, oscilando entre los modal verbs y el curly hair, haciendo de profesora medio estricta, medio amiga, para que un grupo de chavales aprenda inglés. Me gusta; es la primera vez que doy clases particulares y, aunque no puedo dormir en sábado por la mañana, la verdad es que el dinero y, sobre todo, la experiencia, lo valen. Espero que dure bastante tiempo.

Además, creo que, en el fondo, les caigo bien (incluso al chaval de 16 años). =)

Besazzos,

*Luli*