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sábado, 8 de septiembre de 2012

Adiós, Lulimundo

Queridos lulilectores...

Termina el verano, con él mis vacaciones blogueras. Bueno, y el blog en sí. Ya lo comenté, esto no se sostiene. Y la verdad es que me sabe mal porque ha sido bonito. Parte de mi juventud. Mi primer medio de expresión, mi primer grito al vacío. Algo íntimo y dulce, muy mimado y cuidado por mí, o por mi yo adolescente. Es amargo tener que decir adiós. Pero debo pasar página.

Al final no me cogieron para ese trabajo. Aun así, no estoy triste, creo que soy joven y que pueden presentarse más oportunidades. Ahora estoy en un medio de comunicación haciendo prácticas. No está mal, la verdad, y aprendo bastante, que es lo que importa. Estoy a punto de terminar mi primera carrera universitaria y, con ella, otra etapa más de mi vida.

Yo he cambiado. Ahora soy bastante más hosca, tengo unos pensamientos más graves que hace unos años, y sonrío menos. Es una pena. He empezado a colaborar en otro blog bajo un pseudónimo diferente. Mis entradas de ahora son más agresivas, tanto que puede haber gente a quien le pareceré algo borde. No me importa. Siguiendo mi línea de anonimato habitual, diré que en la otra bitácora soy Sujeto P. De nuevo, no soy yo estrictamente hablando, sino un personaje que habla por mí en la red. Es una chica joven sin pelos en la lengua que tiene las cosas quizá un poco más claras que Luli, pero que por algún extraño motivo sigue perdida en la vida. No es tan meditativa como Luli, es más directa y visceral. Sin muchos circunloquios, va al grano y no deja rama verde. Si hace falta insultar, se insulta. Si hace falta lanzar un juramento, se jura. Porque ya está bien de morderse la lengua, hombre.

La ventaja del otro blog es que no lo modero yo, sino otra persona para la cual colaboro. Está bien, porque así no me tengo que preocupar de que esté desactualizado pero, por otro lado, tampoco puedo subir entradas cada vez que me dé la gana, ya que somos varios los que participamos. Aunque puedo escribir tantas como quiera. Y decir lo que me parezca también.

Así que, queridos lulilectores, la vida pasa también por Luli, igual que para el resto de todos vosotros. No sé si me perderéis la vista, recordad que los alemanes dicen "Man trifft sich immer zwei Mal im Leben", así que quizá algún día volvamos a coincidir, en otro blog, en otra web, por la calle misma. Quizá nos crucemos un día por el metro y no sepamos quiénes somos. Son los avatares del destino, de mi querido destino, del siempre presente Señor D.

Ha sido un placer, lulilectores, haber podido compartir mi mundo con vosotros durante estos años. Me habéis ayudado a no sentirme sola, a saber que mis palabras no siempre se perdían en el vacío de la existencia. No quisiera irme sin dejaros antes con un consejo musical para hoy: Maybe, de Janis Joplin. No hay nada más hermoso en esta Tierra que los primeros 45 segundos de esa canción. Ese primer "maybe" es lo más perfecto que ha podido crear un ser humano desde el Quijote o las Meninas de Velázquez. Vale, exagero, pero era una manera elegante de decir que este tema es jodidamente brillante y que siempre consigue ponerme la piel de gallina. Además, tiene el toque melancólico que tanto le pega a esta última entrada del blog de Luli Manuli.

El otro día vi por la calle a uno de los chicos que más me han marcado en los pocos años que llevo vividos. Le vi de lejos, y él a mí, pero ninguno dijo nada, ni hizo un gesto amable ni una señal ni nada de nada. Rien de rien. Fue mi primer amor, pero de esto hace mucho tiempo. Aquella no-reacción mutua me hizo comprender que todo ha terminado, que las historias acaban y que la vida sigue. Hay que adaptarse a ello, asumirlo y no dejarse amilanar por las circunstancias, sino afrontar el temporal con dignidad. Recordad que sin dolor no hay avance. ¿Y cuál es el sentido de la vida sino avanzar poco a poco en el pasar del tiempo? Os lo cuento como pequeña divagación, a modo de última confidencia blogueril.

Esta tarde he hecho otra de las listas que suelen rodearme tan a menudo para enumerar las cosas que tengo pendientes ahora que termino la universidad. Una de ellas era "cerrar el blog", y entonces me parecía muy fácil, porque hace mucho tiempo que no lo uso. Pero ahora, aquí sentada una vez más frente a la pantalla del ordenador, y escribiendo quizá por última vez como Luli, se me encoge el corazón y solo la presencia de mis padres en el salón impide que me eche a llorar. Siento que este blog ha sido como una primera novela sin publicar, como el primer borrador de una historia que todavía está por escribir, pero que ha costado mucho de confeccionar.

Te he querido, blog. He sido feliz escribiendo aquí para todos vosotros. Gracias a todos aquellos que me comentabais cuando era más joven y más sensible, que es cuando realmente lo necesitaba. Gracias a todos aquellos que lo habéis seguido haciendo, o que solo lo hicisteis una vez, o que no me comentasteis nunca pero que me habéis leído. Gracias simplemente a todo aquel que haya pasado alguna vez por aquí y haya conseguido sonreír gracias a mí. Me ha hecho sentirme acompañada, y la soledad es lo que más me pesa.

Os dejo, lulilectores. Tal vez para siempre. Maybe, como dice Janis.
Os quiero. Muchas gracias por todo. Estoy realmente triste, porque nunca creí que este día pudiera llegar de verdad. Pero así son las cosas.

Os deseo la mayor felicidad y ventura del mundo. Me despido con el lulibesazzo más grande y tierno que jamás pude regalaros. Esto es un adiós. Hasta aquí hemos llegado. Tengo casi 23 años. Adiós.

Adiós.

Atentamente:

Luli Manuli. :)



sábado, 16 de julio de 2011

Verano y dignidad humana

Queridos lulilectores...

No puedo menos que constatar que, en verano, las personas perdemos la dignidad humana más que en cualquier otra estación del año. Mi trabajo diario en una tienda de ropa me permite estar en continuo contacto con infinidad de individuos e individuas que se pasean, tan ufanos, por delante de mis mismísimos luciendo cada modelito que, a más de uno, les quitaría el hipo de golpe -del susto, digo-. Bueno, en realidad a cualquiera con dos ojos en la cara (o más, para qué discriminar), y con un mínimo de neuronas activas en el cerebro.

Esto me produce una sensación ambigua: triste, a la par que divertida. Pero no una diversión sana, limpia, sino más bien grotesca y con toques bizarros, como cuando ves a alguien caerse de manera tonta y, aunque sabes que está mal, lo primero que te nace de dentro es una sonora carcajada, tan humana, tan cruel, de ésas que demuestran que te alegras del mal ajeno, que se jodan un rato los demás.

Porque el panorama se las trae: señoras cuarentonas más pintadas que un payaso de mimo, con un top verde flúor y cuñas leopardo que vienen a pedirme leggings amarillo chillón (¿¡habráse visto!?); niñas, poco más de quince o dieciséis, con el sujetador al aire, el tanga asomando tan alto que falta poco para llegar a la cintura y pechos de silicona que parecen dos globos rellenos de agua; más mujeres apretando mollas y michelines con fajas y batas de flores; madres primerizas que pasean sudorosas el carro del bebé -muchas veces con un nefasto pirri cual terrier en lo alto de la frente, el pobre-, embutidas en un mono blanco transparente que exhibe bragas fucsia por debajo; marujas mayores ya, de las que no riegan bien y, encima con el calor, pues ya me dirás, que combinan sin pudor faldas de topos marrones con camisetas de rayas marineras; padres chabacanos que acompañan a sus legítimas a por una minifalda putera, todos ciclaos, con camiseta de tirantes blanca, tatuajes por todo el brazo y un pedrusco de no sé cuántos quilates colgando de la oreja, mientras mascan chicle y dicen: "la apretá mejor, churri, que te marca bien ese culazo que tú tienes". 

Yo, en esos momentos -tan frecuentes, por desgracia-, siento una punzada de desolación que no me explico ni yo misma. Con lo joven que soy, me digo, y tan anticuada para las nuevas ¿modas?, pues un poco raro sí que es. Pero, francamente, cuesta mucho recuperarse de la visión de una mujer de ochenta kilos y en bikini, intentando entrar en una treinta y ocho (¡sí chica, que luego da de sí, ya verás!), y pidiéndome que le ayude a recoger el botón del suelo cuando, por fin, lo acaba reventando (el exhausto pantalón también tiene derecho a respirar, imagino). No me lo explico. Tampoco pido que vayamos todos de punta en blanco a 38ºC, entendedme, pero es que aquí o nos pasamos o no llegamos.

Decidí que este mal gusto que nos rodea (¿que me rodea? Lo dudo) era un hecho tangible y comprobable el jueves pasado, al pasearme con mi madre por el mercadillo de mi pueblo en busca de una bata para mi abuela. Yo misma iba normal, sin mucho paripé, con pantalón corto, camiseta y sandalias (indumentaria que, aunque carece de mucho glamour, estilo, elegancia y demás chorradas que tanto les sobran a las famosillas de los rankings, al menos se adecuaba a las condiciones climáticas del momento). Pero es que, por mucho que lo intentaba, apenas pude rescatar cuatro o cinco atuendos pasables en toda una mañana rodeada de gente. La horterez, lo zarrapastroso y la definitiva falta de buen gusto me atropellaban por doquier, ofreciéndome visiones de auténtica pesadilla que me podrían durar semanas, si me obsesionara. No se salvaba nadie: ni jóvenes, ni niños, ni mayores. Cero patatero. Vestidos vulgares, estampados histriónicos, formas desproporcionadas, gafas de sol repletas de enormes logos, pijas y pijos de pueblo,  muchas arrugas mal planchadas, los oros puestos y, por supuesto, demasiada piel al aire que, sudada para más inri, hubieran hecho las delicias de cualquier explorador excéntrico entregado a la fauna más salvaje. Un espectáculo circense con regusto amargo.

Lo peor del asunto, continuaba cavilando yo, es que estas personas que salen a la calle con semejantes pintas no lo hacen de manera inconsciente, sino que se pasan un rato delante del espejo arreglándose y acicalándose. Que me imagino perfectamente a la choni de turno, metiéndose en sus medias de lycra con brillitos, calzándose unos tacones de charol y recogiéndose la melena en un moño encrespado, saliendo del portal de su edificio sintiéndose como una top model, y remirándose en los cristales de los coches para regodearse en su vanidad, pensando "qué mona me he puesto hoy". Pues sí, hija, mona te has puesto, pero en el sentido más literal de la palabra.

En fin, que entre tanto personaje soez que circulaba aquel jueves por el lugar, admiré a mi madre porque, al menos ella, sí que había sido capaz de mantener la dignidad. Sus formas, demasiado redondas, por otro lado, no le impidieron vestir bien (cosa en la que mi padre, apoyándose en la bandera del conservadurismo, o del recuerdo -quién sabe-, siempre ha insistido bastante: debemos ir bien vestidos, ya sea un domingo, el día de tu boda o para ir al colegio). Iba muy señora: con unos pantalones largos de tela fina y una sencilla blusa blanca, de tejidos suaves. Y no lo digo porque sea mi madre, que también, sino que, objetivamente, creo que representaba un bastión de la decencia en medio de todo ese espectáculo de ciencia ficción al que nos enfrentábamos. Incluso yo me sentía del montón, y me iba deprimiendo más y más a cada paso que daba, con cada nueva persona que se me cruzaba me entraban renovados espasmos.

En fin, queridos lulilectores, después de esta pesada crónica desesperanzada que acabo de narrar, solo me queda por daros algunos consejos, si aún os quedan ganas de leer. Sé que mis palabras pueden sonar duras e, incluso, vejatorias, pero, por favor, no os convirtáis en zarrios andantes cuando salgáis de casa en verano: intentad elegir la ropa que mejor os favorezca según vuestra fisonomía, ya no para ser los más fasion del barrio, sino, al menos, para mantener la dignidad y no ir hiriendo la sensibilidad de los demás. No soy ninguna experta en moda, ni yo misma me caracterizo por un estilo limpio y depurado pero, al menos, soy capaz de admitir que hay ciertos tipos de prendas que, con el tipo que yo tengo, pues no me quedan bien, por lo que intento no abusar de ellas.

No es por moda, recordad. Es por dignidad. Aunque ya sabemos todos que, en este país, cada cual hace lo que le da la gana. Y sobre gustos, por desgracia, no hay nada escrito.

Besazzos,

*Luli*

domingo, 3 de julio de 2011

Una ligera preocupación

Queridos lulilectores...

El otro día, mientras trabajaba, tuve una breve conversación con una amiga mía llamada Sujeto B, que vino a saludar, hola qué tal. Dicha amiga (que, por cierto, es la misma que quería ser actriz, tal y como estuve comentando aquí hace un par de meses) me dijo entre risas despectivas que jamás, jamás, pero jamás, podría volver a dirigirle la palabra a nadie que afirmara que su libro favorito es El Quijote porque, si a alguien le puede gustar El Quijote, ese alguien es friki.

Me preocupa ligeramente (nótese la ironía) que esta chica esté acabando la carrera universitaria de Magisterio Infantil, y que nunca haya leído nada más serio que contados libros del Barco de Vapor -excelente colección, por cierto, yo también leí muchos en mi infancia-. ¿No creéis, queridos lulilectores, que es bastante triste?

En fin, dejo abierto el debate. Para qué poner a parir a mi pobre amiga Sujeto B, que bastante tiene ya con lo suyo.

Besazzos,

*Luli*

martes, 3 de mayo de 2011

Calor humano

Queridos lulilectores...

Vengo a hablar de lo desagradable que puede resultar el calor humano no buscado voluntariamente.

Volvía yo de clase, a horas tardías, cansada y hambrienta (aún no he cenado aunque, para lo que voy a cenar, lo mismo da, porque me he puesto a dieta), en el autobús. En la parada en la que me he subido había mucha gente, y el autobús también estaba repletito, así que no había mucho donde elegir: es uno de esos días en los que una no puede ser caprichosa si quiere sentarse, como es mi caso, porque tengo unos 35 minutos de trayecto que, de pie, se acaban haciendo pesados.

El caso es que me aposento al lado de un chico joven que, para qué negarlo, era un MALEDUCADO. Maleducado involuntario, que es peor, ya que se ve que lo lleva en su naturaleza y no lo hace solo por tocar un rato las narices. El tipo era, sin duda, voluminoso, y también iba bastante equipado, porque tenía una maleta de considerable tamaño a su lado, y una riñonera en el regazo; leía un libro. Lo que me ha llamado la atención es la manera en que estaba sentado: con las piernas bien abiertas, en una postura dejada y abusiva que no se corresponde con la formalidad y el toque impersonal del transporte público.

Es decir, que, aunque teóricamente iba sentado en un asiento solo, sus piernas abarcaban dos: el suyo y el mío. Yo me pensaba lo que cualquiera pensaría, que al sentarme a su lado, el muchacho se recogería un poco y se enderezaría, pues no. Me he equivocado. Dicho en otras palabras, más esclarecedoras, por cierto: yo se la traía bastante floja.

Así pues, ahí me veis: Luli espachurrada contra la ventana, conteniendo el aliento y notando en todo momento el terrible calor humano que las carnes de ese chico desprendían. ¡Habrá cosa más desagradable! Es que el calor humano es muy ambiguo: puede que te guste en determinados momentos, digamos, más íntimos (cuando estás con tu pareja, el abrazo de un amigo, una casta caricia paternal...) o, incluso, cuando hace frío, que no te importa arrimarte a cualquiera con tal de que tus dientes dejen de castañear.

Pero hay veces en las que no es nada divertido verte sometido al calor de una persona que no conoces de nada, como ha sido antes mi caso, y doy fe de que yo pugnaba por evitar que a cada giro brusco del autobús mis piernas rozaran las de ese sujeto. Pues ni por ésas. Aunque, tras esfuerzos y sudores (y posturas contorsionistas a la par que disimuladas), lograra escapar del contacto de semejante mole, su molesta aura seguía atosigándome, como cuando te acercas a un horno que arde a 200ºC y lo notas nada más entrar a la cocina. Vaya repugnancia.

Me pasa una cosa parecida con el dinero. Odio que alguien me pase monedas calientes, resultado de haber sido sujetadas durante minutos por una mano, o de haber permanecido en un bolsillo que toca la piel. El dinero, por su carácter superficial, que no conoce dueño, debería ser frío y fútil, pasajero, en representación al poco tiempo que conservamos un mismo billete, o una misma moneda. Me produce una sensación de disgusto que una moneda aún cálida llegue a mis manos. En seguida la paso a la cartera.

En fin, resumiendo: que menudo viajecito me ha dado el gordo que había a mi lado en el bus.

Ale, a otra cosa, mariposa.

Besazzos,

*Luli*

lunes, 18 de abril de 2011

Ojalá no fuera cierto

Queridos lulilectores...

En realidad, pretendía narrar una tranquila y agradable entrada sobre la pasada noche de luna llena, pero lo voy a aparcar un poco porque ahora mismo ardo en llamas de la indignación que me recorre por dentro.

¿Cuál es el motivo de mi alteración? Puede que os preguntéis. Bien, pues acabo de tener una discusión con mi compañero de piso sobre temas generales de la vida, y el resultado me ha enervado considerablemente.
Todo ha empezado de la manera más inocente, durante la cena, cuando le contaba a Sujeto X (mi compañero, cuyo nombre empieza por X), que hoy en clase he asistido a una exposición de unos compañeros que han tratado el tema de la publicidad infantil (tanto la publicidad que emplea  a los niños para sus reclamos, como los anuncios que se dirigen a este tipo de público, es decir, nuestros más tiernos infantes). Los compañeros han aportado una serie de datos de lo más escalofriantes, como que, actualmente, debido a los anuncios tan cargados de connotaciones ideológicas que nos bombardean constantemente (sexo, juventud, belleza, felicidad...), y a los que frívolamente nos hemos acostumbrado, muchos niños intentan comportarse como los adultos a edades insanas: nos imitan en todo lo que hacemos. Esto puede parecer de lo más normal, pero la manera en que nosotros, los adultos, nos comportamos en la sociedad moderna, dista mucho de ser "normal".

¿Cuál es la consecuencia de esto? Que los niños pequeños emulan modelos desviados y torcidos: no hace falta ser ningún experto para darse cuenta de lo podrida que está nuestra sociedad en muchos aspectos. Los anunciantes, en su afán de expansión comercial, han adelantado la edad de los pre-adolescentes (habitualmente situada en la franja de los 12 a los 14 años, más o menos), hasta situarla en los 6-7 años. Por poner cualquier ejemplo: los anuncios que deleitan a las niñas con la muñeca Barbie, que aparece en anuncios medio desnuda, maquillada y luciendo un cuerpo escultural. Esto, a la larga, provoca que los niños pierdan creatividad, imaginación y desarrollen problemas de carencia de personalidad cuando alcancen una edad adulta, según mis compañeros.

Bien. Escribiendo estos párrafos, me he dado cuenta de que he proporcionado información insuficiente para abordar de una manera mínimamente adecuada los puntos principales que mis compañeros han expuesto en clase, así que no voy a entrar en detalles. Me centro en la discusión.

¿Cómo ha empezado la discusión? La cosa ha sido sencilla: después de exponerle a Sujeto X los datos que he comentado arriba, pero de manera más desarrollada y efusiva, él me ha mirado con cara de asco y me ha soltado en mis morros:

-Luli, sinceramente, si quieres que te diga la verdad... me da igual. Creo que ese tipo de chorradas son tonterías, que la gente se las inventa para intentar echarle las culpas a algo que no existe, y es una bobada perder el tiempo de esa manera.

He saltado. Antes de seguir narrando la discusión, voy a describir a mi compañero de piso brevemente, para que os situéis. Se trata de un muchacho de 20 años de edad, de familia pudiente, que estudia Medicina en la universidad privada. Parece gay -no descarto que lo sea- y tiene un carácter elitista, machista y, a la vez, vulgar, por paradójico que suene. Es decir, que no le importa alardear de su dinero, renegar de los mendigos pero, al mismo tiempo, el único canal de televisión que mira es Telecinco (con toda su programación basura incluida).

Dicho esto, debéis saber que, para nada, me considero la portadora de la verdad absoluta, pero  llevo tres años estudiando Comunicación Audiovisual, y he tenido bastantes asignaturas en las que he tratado problemas relacionados con las teorías de la comunicación, la manera en que los medios están estructurados y algunas nociones básicas sobre la gran, magnánima y todopoderosa Industria Cultural, que todo lo arrasa.

Así pues, ahora sí. He saltado.

-¿Pero cómo diablos puede darte igual? -le he recriminado.

-Yo soy feliz -me ha contestado, y poniéndose ya en guardia-. Yo no me creo todo eso de que los videojuegos impulsan la violencia, de que la televisión engaña a las personas y que haya alguien intentando controlarnos.

Y ahí ya he explotado, hemos empezado a discutir. Ha sido una discusión extraña porque, por un lado, el muchacho me daba una rabia increíble con sus descafeinados argumentos, tan catetos, y me he sentido incapaz de respetar su opinión. Pero, por otro, me ha dado verdadera lástima, porque es una auténtica víctima de este gran y enorme sistema totalizador en el que desgraciadamente vivimos.

Para resumir un poco, he intentado abrirle los ojos al problema, y lo que me ha molestado tanto ha sido su terca postura de mantenerlos cerrados. Le he hablado de la sociedad del conformismo, de las masas, del hatajo de ciudadanos acríticos que hoy somos; una masa homogeneizada y controlada desde fuera, manipulada, maniatada, dominada, sometida. No somos personas, somos consumidores, y como a tales se nos trata. La hegemonía de la publicidad, los cánones impuestos por el gran negocio de esta agresiva Industria Cultural en la que vivimos, los problemas de comunicación, el poder de los medios, el sentido unidireccional que los caracteriza, la sobreinformación que conduce a la desinformación; el factor borrego, en general.

¿Y qué creéis que me ha contestado? ¡Que le da igual! Él es uno de tantos que, más que convivir, se arrodilla ante este negocio aceptado, con esta realidad que subyace a los medios de comunicación, y que suplanta a la verdadera realidad: nos movemos en el reflejo de un espejo y hemos olvidado que fuera de eso hay  algo más, cosas que no se nos ofrecen, pero que podemos necesitar igualmente. Se me cae la cara de vergüenza, y noto un gran peso en el corazón, al descubrir que una persona como él, inteligente, universitario, un futuro médico, esté tan tremendamente domesticado y a una edad tan temprana. Disfruta con programas como Gran Hermano, aun a pesar de ser consciente de que son basura y de que no aportan nada al espectador -excepto un considerable alivio sobre la parte más voyeur de cada uno-, imita a la Esteban con lo del pollo, da gracias cada día al Altísimo por su Blackberry y su iPod y ES FELIZ chateando con sus 300 amigos del Tuenti, y plantando espárragos  adictamente en el puñetero juego de la granja que la red social ofrece.

¿Y todavía me dice que él no está esclavizado? Según él, claro que sabe que "la gente intenta vendernos cosas" (refiriéndose con términos vacíos y limitados a la industria de la moda, de la cirugía estética, de algunos modelos de comportamiento social como "la marginación de los gordos y subnormales", según sus propias palabras, y otras cuestiones que han surgido a lo largo de la conversación). Pero Sujeto X es feliz dentro de la sociedad tal y como está, porque él solo no va a cambiar el mundo y, por ende, ¿qué sentido tiene reconocer el problema? Ama a Disney, Crepúsculo, Zara, la Coca-Cola y a Lady Gaga, y DEFIENDE CON UÑAS Y DIENTES QUE ÉL ES UN HOMBRE LIBRE AL QUE NADIE NUNCA HA MANIPULADO.

¿Nos hemos vuelto todos locos ahora o qué? Ha sido muy intransigente conmigo cuando le he hablado del "factor hipermercado" de los medios de comunicación, por ejemplo (también conocido como "Agenda Setting"), o cuando le he dicho que hoy en día nos comportamos según los dictados de la publicidad, del márketing o de los modelos que aparecen en la televisión, la radio, las revistas, Internet... Lo ha negado todo, ha gritado bastante y, finalmente, me ha espetado:

-Y perdona, pero ahora voy a ver en el ordenador capítulos atrasados de Aída.

Sinceramente, esta conversación me ha dejado tan asustada como estupefacta. Quiero decir: ¿qué tipo de valores estamos inculcándonos a nosotros mismos, y de qué modo hemos podido llegar tan lejos? ¿Cómo es posible que un joven de hoy en día, repito, universitario, educado en los mejores colegios privados, futuro médico y de inteligencia extraordinaria, esté tan rematadamente ciego al mundo y a la vida? ¿Cómo puede darle igual que otros estén manipulándole -manipulándonos a todos- y, en vez de rebelarse contra quienes le someten, lo haga contra quienes le digan que está sometido? ¿Hasta qué punto vale el "ojos que no ven, corazón que no siente"? ¿Cómo puede ser que prefiera mirar Sálvame Deluxe antes que leer Sentido y Sensibilidad de Jane Austen -esto es real? ¿Cómo hemos podido llegar a esto, a este punto escandaloso, en el que todo nos da igual y solo queremos dejarnos seducir por los medios, la publicidad, la moda, la belleza? ¿Somos realmente conscientes de lo desalentador que es nuestro porvenir en este mundo si lo dejamos en las manos de la generación que ahora será nuestro futuro? ¿Vale la pena sacrificar lo que está por llegar a cambio de un poco de  esta superflua comodidad pasajera de la que ahora "disfrutamos" (porque no la disfrutamos, nos hacen creer que la disfrutamos)?

Sinceramente, esto me parece muy triste e inquietante. Menudo apocalipsis nos espera si las cosas no cambian pronto, y a mejor.

He hablado hoy desordenadamente sobre estos temas, ya os lo digo. En dos años, he tenido la oportunidad de leer y comprender un poco mejor estos hechos que hoy he comentado, pero ahora estoy aún demasiado alterada como para detenerme a exponerlos con orden y coherencia. Esto ha sido un pensamiento personal en el que critico la sociedad que le ha inculcado ese pensar (o no pensar, mejor dicho) a mi pijo, repelente y acrítico compañero de piso. Recurro a una célebre cita bíblica, algo modificada, para resumir mis impresiones en cuanto a él: "Señor, perdónale porque no sabe lo que dice" -y, aunque lo supiera, lo peor de todo es que creo que le seguiría chupando un pie.

Cuidaos las espaldas, mis queridos lulilectores. Quién sabe si aún podemos escapar.

Besazzos,

*Luli*

jueves, 27 de enero de 2011

Profes y "tuppers"

Queridos lulilectores...

Ayer estuve por la mañana en la cafetería de la facultad. Había quedado para tomar algo y charlar, y me pasé más de media mañana allí, con lo que tuve ocasión de ver a cantidad de personas que iban y venían: estudiantes, secretarios, profesores.

Cuál no fue mi sorpresa al ver aparecer a uno de los profesores que más asignaturas me ha impartido a lo largo de la carrera (aunque, aun así, dudo que se sepa mi nombre). A veces le veo en la cafetería, leyendo el periódico, pero la novedad ayer radicaba en que no iba solo, sino acompañado por una chica joven.

Cualquiera que los hubiese visto hubiera pensado que el profesor le preparaba una tutoría personalizada a cualquiera de sus alumnas. Sin embargo, el anillo de casados los delataba. Ya desde la primera vez que tuve a ese profesor, se disparó el rumor de que había tenido una historia con una alumna de último curso; que se habían unido en santo matrimonio después. Fue tremendamente polémico, estuvimos mucho tiempo debatiéndolo.

¿Quién será ella? Nos preguntábamos. Bien, pues yo ayer tuve ocasión de verla por primera vez y constatar que, cuando el río suena, agua lleva. Vamos, que no es ninguna leyenda urbana, sino que, efectivamente, un profesor de la universidad se lió con una chica de una de sus clases y se han casado. El contraste cuando los vi sentados juntos era acusado: perfectamente podría haber sido su hija, porque ella aún no rozará los 30 (calculo yo), mientras que él no andará lejos del lustro.

Vamos, que mientras yo estaba ahí a lo mío, pero mirando disimuladamente (porque se me sentaron en frente), ellos se sacaron de una bolsa de plástico dos gigantescos tupperwares repletos de comida y accesorios varios (cubiertos, servilletas, vasos, agua...). Como quien se va de picnic, oye. Solo que en la cafetería de la facultad. Mi asombro fue en aumento porque, no contentos con eso, de repente vi un bote de SALSA BARBACOA del Mercadona, de la marca Hacendado, encima de la mesa, como salido de la nada. Y el profesor (mi profesor), todo ufano, le añadía generosas cantidades de salsa barbacoa a su tupper en mis mismas narices, para mayor deleite mío, por supuesto.

Huelga decir que aluciné. No es que reproche a mi profesor que coma de tupper con su mujer en la cafetería (al más puro estilo estudiantil), solo que... ¿también se irán juntos de botellón, de quintos o a bailar a una discoteca a la que entras por lista? Juas.

Venga ya, ¿sabéis la pasta que debe ganar ese hombre? Lleva mil años en esa universidad, no es un mero profesor sino que tiene cargos (quizá sea catedrático, quien sabe), y el puñetero menú de la cafetería cuesta 5 euros (hay platos combinados por 3). ¿Dónde se ha visto que el profesor coma de tupper allí, en mitad de los estudiantes? Dios, qué imagen más peculiar me brindó ayer; me ha roto por completo los esquemas.

¿Por qué siempre soy yo la que tiene que ver esas cosas? Aunque, por otra parte... ¿sabéis lo bien que me lo pasaré contándoselo a mis compañeros? xD

Besazzos,

*Luli*